El apropósit: cuando el teatro se convierte en sátira

Durante demasiado tiempo, lo «fallero» ha cargado con un prejuicio injusto. El término, lejos de entenderse como una seña cultural, se ha usado a menudo de manera peyorativa, como si llevara implícita una menor exigencia artística; un desprecio que ha afectado también al teatro que se hace en las comisiones.
Una de esas materias que se ven ensombrecidas por el «apellido» —que bendito sea, dicho sea de paso— es el teatro que articulamos los falleros. Teatro amateur hecho por esforzados aficionados que vuelcan su pasión por el arte de Talía en su tiempo libre, compartiendo escena con sus compañeros de comisión. Teatro aficionado, sin más ni menos, por mucho que muchos quieran que, por estar hecho por falleros, sea menos de lo que es.
Dentro de ese universo escénico destaca el apropósit, el género teatral fallero por excelencia. Un formato único, con reglas y objetivos propios, creado para responder a una necesidad concreta del calendario fallero: la exaltación de la Fallera Mayor, a la que se corona de manera apoteósica al final de la obra.
Pero reducir a simple trámite ceremonial lo que es todo un género propio y único del mundo fallero sería un error. El apropósit es teatro en sentido pleno y, sobre todo, es sátira en estado puro. Una falla plantada sobre el escenario, efímera, de una sola representación, que, cuando finaliza, no da paso a otra función de la misma obra; solo da paso a la nueva exaltación del año siguiente, a la nueva obra que vendrá.
Su estructura es sencilla, concreta y conocida. Se trata de una narración escénica humorística que avanza hacia un final simbólico, plasmado en la exaltación de la Fallera Mayor, después de haber «plantado» esa falla de la que hablábamos sobre el escenario.
No obstante, podríamos decir que el verdadero valor del apropósit está en el camino previo a la apoteosis final; un trayecto donde toman forma la crítica social, el humor, la caricatura del presente y el reflejo, en espejos deformantes, de la realidad del día a día. Es una falla, pero transmutada en palabras y actuación.
La sátira teatral lleva siglos sobre los escenarios. Desde la Antigüedad, la crítica ha servido para poner en escena burlas del poder, de los vicios más comunes y de los usos sociales del momento. Así lo plasmaba ya el teatro griego. Aristófanes, por ejemplo, utilizó la comedia para hablar de política, guerra o costumbres con crítica directa y sin ambages. Autores romanos como Plauto y Terencio fijaron tipos fácilmente reconocibles, poniendo en solfa a avaros, fanfarrones y personajes malhumorados. Y durante la Edad Media, a pesar del dominio del teatro religioso, la sátira sobrevivió en farsas donde el orden social se invertía, aunque de manera puntual.
Mención especial merece el Siglo de Oro español. La figura del «gracioso» o de la «desenvoltura» en la obra de Lope de Vega podría ser, sin dificultad, un tipo estándar del apropósit fallero. Representaba al hombre del pueblo, práctico, escéptico y burlón, que habla mediante la ironía y los refranes, aportando sentido a las situaciones.
Con la llegada de la modernidad, la sátira teatral se adaptó a lenguajes como el de la revista musical, la farsa, el teatro del absurdo o el monólogo escénico. Cambiaron las formas, pero no el fondo, con la crítica del presente como caldo de cultivo.
En todo este contexto encaja el teatro fallero y, de manera muy especial, el apropósit. Sus textos hablan de lo inmediato y urgente, plasmado en política municipal, vida fallera, modas del momento, personajes conocidos y las «neurosis» sociales más agudas. Funcionan como una crónica anual en clave de humor. Y es que, donde otros géneros buscan distancia crítica, el apropósit apuesta por la proximidad más absoluta, ya que el público se reconoce en lo que ve.
Reivindicar el apropósit es, por tanto, reivindicarlo como lo que es: teatro. Un género propio, vivo y eficaz, que enlaza con una tradición universal y que cada año demuestra que criticar y reír desde la sátira fallera hecha espectáculo teatral también es una manera de pensar.
En las Fallas, la sátira no solo se planta en la calle. También se sube al escenario. Se alza el telón.