Volver al blog 3 de marzo de 2020 · Por Maria Elena Martínez i Zaballos (arquitecta y fallera)

Arquitectura y falla: proyectar arquitectura efímera para prenderle fuego

Arquitectura y falla: proyectar arquitectura efímera para prenderle fuego

Podemos decir que la esencia de nuestra fiesta es la explosión de arquitectura efímera que surge en nuestro barrio, pueblo o ciudad, durante la semana josefina. Y es que el arte de hacer falla tiene mucho más de arquitectura de lo que parece. Desde su proyección, pasando por el boceto, la construcción, la estructura, la materialidad, el diseño, los oficios, hasta la plantà y la modificación del espacio urbano, siendo todas partes de un proceso que comparte con este relevante sexto arte.

Hoy en día, los arquitectos están acostumbrados a proyectar no solo para que su arte perdure en el tiempo. Además de esto, están convencidos de que también pueden diseñar elementos que tengan un tiempo de vida acotado. La profesión de arquitecto tiene arraigado en su formación técnica el combatir el fuego en sus proyectos, cómo hacer para prevenirlo, hacer las obras tan seguras como sea posible frente a este elemento devorador. Por este motivo, cuesta pensar en el hecho de proyectar algo con el fin de prenderle fuego. Pero, ¿por qué no? Tan solo es ese destino de la falla el que más se aleja de lo que todos conocemos como la tradicional actividad arquitectónica, quizás cegados por combatir el fuego sin ver más allá. Como reflexiona el autor Rafa Rivera en sus textos: «Es cuando el enemigo, en un segundo, se convierte en un aliado imprescindible. Y llega el abrazo. De pronto, lo contrario también puede ser verdad».

A partir de tener una nueva visión a la hora de proyectar, en ese tándem de convivencia entre artistas falleros y arquitectos, surgen nuevas posibilidades en las fallas. Proyectos como la falla «Renaixement» (2017) de Pink Intruder o la falla «Somnis de pes» (2016) de Nituniyo son ejemplos de las conocidas como fallas experimentales, que son un ejemplo de arquitectura fallera, ambas premiadas en los premios nacionales de arquitectura efímera. Proyectos que han dado la oportunidad de crear un debate colectivo colocando elementos contemporáneos en entornos tradicionales, generando un enriquecimiento de opiniones en torno al debate entre un estilo más tradicional y otro más moderno.

Y así podemos entender el monumento fallero como hecho arquitectónico efímero, donde la estructura toma un papel fundamental. El arte de la carpintería se conjuga para dar forma a un elemento estructuralmente estable y seguro, donde el artista fallero, como «calculista» de estructuras, diseña un entramado autoportante y resistente que le permite sustentar y dar cuerpo al conjunto, siendo la materialización la otra parte fundamental del proceso, utilizando materiales combustibles, sin olvidar, en ningún momento, el fin para el cual se realizan.

Pero no solo en el propio monumento vemos reflejados aspectos propios de la arquitectura. También cabe señalar que el monumento modifica el urbanismo, genera espacios nuevos condicionando el flujo de viandantes, destacando el urbanismo como la materia arquitectónica donde más se observa la relación entre la arquitectura y la falla: el uso colectivo del espacio público que se genera, apareciendo zonas peatonales que se vertebran en torno al monumento fallero.

El monumento modifica el espacio urbano y es el propio espacio urbano el que también condiciona el monumento. La imagen que el artista quiere dar de su obra depende del emplazamiento donde se coloque. No hay que olvidar el carácter representativo de la falla, donde el contexto urbano puede condicionar su geometría y su composición, buscando siempre un punto de vista de trescientos sesenta grados de la obra. Un edificio no podría proyectarse de la misma manera en un emplazamiento u otro. Esta idea se puede extrapolar al monumento, siempre condicionado por la sinuosidad urbanística. Es más, en ciertos entornos urbanísticos de características similares a las del centro histórico, siempre se creará en el viandante una sensación de espectacularidad y sorpresa, ya que esta sensación depende más de la interactividad entre el monumento y el entorno urbano que de la propia dimensión de la falla.

Y no es solo el monumento fallero el elemento que se apodera del espacio público durante las fiestas, pues tal como nos mostraba la exposición «La falla y la plaza» (organizada por el CTAV en las Fallas de 2019), elementos como las cercaviles, las mascletades, el alumbrado, las decoraciones o las carpas también modifican el espacio urbano de nuestra ciudad.

La falla es, quizás entonces, arquitectura efímera. La podemos concebir como un diseño arquitectónico hecho con una función diferente a la tradicionalmente conocida por el arquitecto, un producto que tiene el arte de conjugar muchos ámbitos profesionales con el fin de obtener un diseño único del que disfrutar unos pocos días para después prenderle fuego.

Maria Elena Martínez i Zaballos
Arquitecta y fallera

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