Volver al blog 3 de marzo de 2022 · Por Teresa Broseta (escritora)

Casualidades de la vida

Casualidades de la vida

Al mirar a Víctor y Carla, nadie diría que son gemelos. Ella es alta, morena y con los ojos del color de las hojas tiernas. Él es bajito, pelirrojo y con los ojos del color del mar. Ella adora la natación; él está loco por el patinaje. Ella siempre busca la comida salada; él, si le dejaran, solo comería dulce. Por fuera son la noche y el día, pero por dentro se parecen algo más. Los dos son simpáticos, amables y despiertos. Y los dos adoran las Fallas. Pero Carla y Víctor todavía tienen otra cosa en común. Algo que preocupa mucho a sus padres y que desespera a sus maestros... ¡los gemelos son alérgicos a los libros!

Que quede claro que es solo una manera de hablar. Ni uno ni otro se ponen a toser en cuanto tocan un libro, ni les salen manchas rojas en la piel, ni se les revuelve la tripa. Ya sabes, todo eso que pasa cuando alguien tiene una alergia de verdad. Pero aunque no sea una cuestión médica, el caso es que ninguno de los dos se acerca a un libro si puede evitarlo. ¡Cosas veredes!

Los padres de Víctor y Carla lo han intentado todo. Les han comprado los libros más bonitos que han encontrado, les han hecho el carné de la biblioteca, se los han leído en voz alta un montón de veces... ¡Pero nada de nada! En el colegio también lo han intentado de mil maneras, por las buenas y por las no tan buenas, pero tampoco han tenido éxito. ¡Parece que el caso de los gemelos Llopis no tiene remedio!

Un jueves cualquiera, los gemelos ponían la mesa mientras su padre terminaba de preparar la cena. Como casi todos los jueves, la madre estaba en el casal, en la reunión de la junta directiva. Y, como casi todos los jueves, llegó cuando la mesa ya estaba puesta. Pero no llegó como siempre, con mil cosas que contar, sino meándose de risa. Pero meándose de verdad, que le costó lo suyo llegar al baño.

No dejó de reír mientras hacía pis, ni mientras se lavaba las manos, ni mientras se cambiaba de ropa. Reía sin parar, agarrándose la tripa con una mano, que ya le dolía, mientras unas lágrimas gordas como garbanzos le rodaban mejillas abajo.

—¡Mamá! —exclamaban los gemelos una y otra vez.

—¡Laura! —exclamaba su marido una y otra vez.

—Pero ¿se puede saber qué te pasa? —preguntaban los tres.

Pero la mujer no lograba controlar el ataque de risa y no podía decir ni una palabra. Y, naturalmente, pasó lo que tenía que pasar. ¿Nunca te has fijado en que la risa se contagia tan rápido como los bostezos? Pues al cabo de un momento, los cuatro se desternillaban de risa, aunque tres de ellos no sabían por qué.

La cena ya se había quedado fría sobre la mesa cuando por fin dejaron de reír y volvieron a ser capaces de hablar. Y fue entonces cuando la madre de los gemelos, esforzándose por no volver a reír, confesó el motivo de aquel ataque.

—¿Sabéis cuál es el tema de vuestra falla este año? ¡El escritor Jules Verne y su literatura! ¡Su literatura!

Volvieron las risas del padre y de la madre, pero en las caras de Víctor y Carla ya no quedaba ni sombra de una sonrisa.

—¿Será posible? —se indignó Carla—. ¿Precisamente este año, que soy la fallera mayor infantil? ¡Qué disgusto!

—¡Manda huevos la cosa! —se indignó Víctor—. ¿Tenía que ser este año, que soy el presidente infantil? ¡Qué rabia!

—¡Tampoco pasa nada, caramba! —intervino el padre—. Por mucho que sea el tema de la falla, no tendréis que pasar ningún examen sobre Verne, ni leer sus libros.

—¡Pero todo el mundo sabe que somos alérgicos a los libros, papá! —se quejó Víctor—. ¡Se van a mear de risa!

—Ha sido idea vuestra, ¿verdad? —acusó Carla—. ¡Seguro que habéis pedido vosotros que la falla fuera de libros!

—¡Eso es! —le dio la razón Víctor—. A ver si así nos entran las ganas de leer, ¿verdad?

—¡Con tal de hacernos leer, sois capaces de todo! —remató Carla.

—Escuchad, cielos —cortó la madre—, que no sois el ombligo del mundo. Eso son casualidades de la vida.

—Exactamente eso —apoyó el padre—. ¡Solo casualidades de la vida!

Los gemelos se fueron a dormir con cara de pocos amigos y pasaron una de las peores noches de su vida. No paraban de dar vueltas a un lado y a otro, de tener sueños rarísimos, de levantarse a beber agua, de volver a dar vueltas, de levantarse a hacer pis, y de volver a revolverse en unas camas hechas un desastre. ¡Una noche interminable!

Al día siguiente se levantaron con los ojos hinchados y sin ganas de hablar, cosa bien extraña en ellos, y volaron al colegio con el último trago de la leche del desayuno todavía en la boca. Sin haberse puesto de acuerdo, los dos se dirigieron a la biblioteca a la hora del recreo y se encontraron en la puerta.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Víctor, sorprendido, al ver a su hermana.

—¡Lo mismo que tú, me imagino! —rio Carla—. Me ha entrado curiosidad...

—¡Y a mí! —reconoció Víctor—. Me he pasado la noche soñando con cohetes a la luna, con exploraciones al centro de la tierra y con islas misteriosas...

—¡Como yo! —confesó Carla—. La culpa es de papá, que nos recitó todos los títulos de las obras de Verne.

—¡La culpa es de los títulos, que son una pasada! —se emocionó Víctor.

—¿Tú crees que las historias estarán a la altura de los títulos? —preguntó Carla—. Suenan tan emocionantes...

—Supongo que sí —contestó Víctor—. Por algo es un autor megafamoso. ¡Si hasta le dedican nuestra falla, Carla!

—Tienes razón —aceptó Carla—. ¿Qué? ¿Echamos un vistazo?

—¡Adelante!

Los gemelos Llopis entraron en la biblioteca como dos exploradores en la selva, tan poco acostumbrados estaban a visitarla. Cuando encontraron la estantería con los libros de Verne, no les costó mucho elegir uno cada uno. Carla cogió enseguida La isla misteriosa; Víctor se hizo con La vuelta al mundo en 80 días. Se los llevaron a casa escondidos en la mochila, como si los hubieran robado, y a escondidas de sus padres empezaron a leerlos. ¡Si los veían, no habría manera de escapar de las bromas y las risas!

Cuentan que aquel fin de semana el tiempo se puso de parte de los libros. Llovió tanto, hizo tanto viento, que la familia Llopis no salió a la calle para nada, y los gemelos tuvieron tiempo de sobra para leerse no solo el libro que habían elegido, sino también el que había elegido el otro. Y cuentan que aquellos dos libros fueron solo los primeros de una lista larguísima, y que cuando llegó el mes de marzo, los gemelos ya no se acordaban de su alergia a los libros y habían descubierto el placer de la lectura.

¡A veces las casualidades de la vida resultan maravillosas!

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