Volver al blog 4 de marzo de 2018 · Por Miguel Pérez (Infofalles.com)

La Delicada de Gandia y la flor del gesmil

La Delicada de Gandia y la flor del gesmil

De pequeño, cuando empezaba a oír aquello de «…cuenta la historia que un día…» y aquella voz gruesa y profunda se iniciaba en la narración de historias ocultas, tradicionales, fueran verdad o leyenda, inventadas o reales, pero narradas al oído junto a un fuego encendido, mientras yo me quedaba boquiabierto mirando cómo las chispas se volatilizaban y el consumo excesivo de oxígeno me provocaba las primeras cabezadas. Yo solía empezar una guerra interna para aguantar esas historias que en casa nos contaban, mientras la otra parte de mi ser flaqueaba, intentando que no se notara el sopor, ese sueño tan pesado que me atacaba a menudo.

Una de esas viejas historias, y que a mí personalmente me hacía gracia, empezaba con una explicación de una frágil y joven doncella, y ya cautivaba toda mi atención por oír de viva voz qué era lo que había ocurrido en mi ciudad. Entonces estábamos hablando del siglo XV, y no siempre puedes permitirte el gusto y el regusto de oír este tipo de historias prohibidas, arraigadas al lugar donde vives. Así pues, la guapa, joven y frágil doncella era una envidia entre las chicas de la época. Unas la criticaban por lo fina, elegante y distinguida que era. Otras porque querían parecerse a ella. Yo no sé si existió realmente esta doncella o es un invento o una leyenda, pero cuando año tras año iba descubriendo más detalles, más curiosa me parecía la historia de la Delicada de Gandia.

Era una historia como si fuera propia, como si cada uno de los protagonistas hubiéramos vivido ese hecho. Y de hecho, a mí me fascinaba todo lo que cambiaba según quién te la narrara, tan cruel y a la vez graciosa estampa de una joven tan fina, tan fina, que una flor de jazmín la mató. Y de repente pensabas, ¡caramba, sí que era fina! Pues el poco peso que tiene una flor de jazmín, ¿cómo puede acabar con la vida de una joven por muy fina que esta sea? Y después te desvelaban que la flor de jazmín en cuestión era un adorno de la puerta gótica de la Seu Col·legiata de Gandia. Y es cuando estallas de risa o, sin embargo, te quedabas pensativo buscando dónde estaba el escondite, dónde estaba la lección que uno debería aprender.

De repente, preguntas sin respuesta y dudas a montones. ¿Era real o ficticio el personaje de la joven y fina doncella? ¿Existió o solo es leyenda? ¿Si es leyenda, por qué ha llegado hasta nuestros tiempos desde el siglo XV? ¿Qué interés hay en vincular el jazmín con Gandia? Y cada año, cada vez que oía contar la historia, yo me preguntaba siempre lo mismo. Unos me dijeron que real era, y nunca mejor dicho, pues en el Archivo Histórico Nacional de Toledo existe esta historia en el legado de los Osuna y Luna. Otros, menos verosímiles, edulcorados o inventados, situaban al escultor Damià Forment esculpiendo estos detalles desde la puerta principal de la Seu y que le cayó encima de la joven y frágil doncella. Incluso la identifican como Inés de Catanni, pero lo que no cuadra y parece irreal es que un joven escultor como era Damià Forment en la época pudiera utilizar ese tono sarcástico para explicar el motivo de la muerte de la doncella.

Y por último, para redondear tan macabra escena que yo imagino con la joven tendida en la plaza del Mercado y rodeada de gente preguntándose qué le ha pasado, así como otro diciéndole que se lo tenía merecido por ser tan guapa, frágil y fina, es cuando aparece otra explicación en torno a la Delicada de Gandia. A este respecto, no sé cómo imaginarme a la duquesa desnudando a la joven doncella para proceder a su entierro y la cara de bobo que se le quedaría al ver que tan frágil doncella llevaba entre las piernas un cinturón de castidad. No en vano salía de la Seu y era de misa diaria; entonces, en principio, nada resultaría extraño ante este hecho, salvo que, al acercarse para intentar ver y analizar el cinturón de castidad, se dio cuenta de que junto al lugar donde se pone la llave para abrirlo había un pequeño escudo del ducado de Gandia. Y corrió la voz, explicando que era una amante de la corte la que había muerto por una flor de jazmín. Fuera como fuera o fuera quien fuera, la historia de esta doncella siempre ha estado envuelta de misterio, ya no por la muerte sino por la historia que arrastra. Por eso, cuando veo un jazmín, sea en flor o en cualquier otro lugar, no me puedo quitar de la cabeza la historia de esta joven y fina doncella, ya no por las causas de la muerte sino por su identidad, lo cual revelaría ciertas circunstancias añadidas o no por culpa de la distorsión, oral o no, que nuestros antepasados han hecho de ella.

Aunque la historia es de finales del siglo XV, ha sido la tradición oral la que nos ha permitido que continúe esta historia o leyenda hasta nuestros días. Y nosotros, los falleros, hemos contribuido a engrandecerla y mantenerla viva. Tal vez sin saberlo. Tal vez sin ser conscientes de que año tras año manteníamos viva una tradición oral centenaria. ¿Y cómo lo hacíamos? Sencillamente siguiendo los pasos que otros falleros en su día dieron.

Para poder entender esta segunda parte del artículo sobre la relación entre lo que cuenta la historia de la Delicada de Gandia, la flor del Gesmil y las Fallas, os pondré en antecedentes. En Gandia no tenemos como recompensa fallera los Bunyols. Aunque formamos parte de la Junta Central Fallera de Valencia, fuimos expulsados por tener cinco reinas (falla, fuego, fiesta, arte y poesía). ¿No queríais delicadeza? En Gandia solo tenemos una Fallera Mayor; el resto, la de vuestras comisiones, son Reinas de Falla (lo que para vosotros es Fallera Mayor de la Falla). Y tras muchos contactos, en 1987, Gandia volvió a formar parte de la JCF pero con las características propias, sin renegar de nada, con autonomía. Y eso comportó que no podían tocarnos nuestra recompensa fallera: el Gesmil (cobre, plata, oro, diamantes), y a cambio, los falleros de Gandia no accedieron ni reconocieron el Bunyol. Otra vez delicados.

¿Nunca os habéis preguntado quién, cómo, cuándo, dónde y por qué se diseñó como premio, como recompensa fallera, como reconocimiento a la valiosa aportación a la Fiesta de las Fallas, el tradicional gesmil? ¿Qué tiene que ver con todo esto? ¿Es patrimonio exclusivo de Gandia la flor del gesmil? ¿Por qué una sala de fiestas en Gandia se llama Gesmil? Y aún más, ¿por qué los falleros tenemos como máxima recompensa fallera el gesmil en sus diversas modalidades?

Esa flor que cuelga del escudo de la Junta Local Fallera de Gandia, e incluso arrastrada a la marca de la Junta, o llevada con brillo y orgullo lejos de la vergüenza por el fallero que quiere mostrar galones, o que a lo largo de los años, pagando calladamente una cuota, ha alcanzado; o aquel que en la Gandia en blanco y negro asumía el cargo durante años y años consecutivos y por eso tenían a bien el otorgamiento; o el político o conocido de turno que accedía a esta flor de gesmil a modo de recompensa; o las falleras mayores que reclamaban poder acceder a esta flor por méritos propios y no por el cargo que habían ostentado; o aquel que renegaba de ponerse la flor en el chaleco porque le traía malos recuerdos sobre la muerte —no de la Delicada— de otros compañeros falleros que también la lucieron antes.

Sea como sea, la tradición o la maldición, según quien quiera verlo, de la Delicada de Gandia y su gesmil ha perdurado hasta nuestros días. La tradición oral, a veces, se ha convertido, desgraciadamente, en realidad. Pero queramos o no, nunca podremos renegar de esta flor, de su significado y de su simbología, aquellos que, nacidos en Gandia, conocimos por nuestros antepasados esta rocambolesca historia, real, ficticia o inventada, mejorada o reducida, pero que siempre nos acompañará porque el gesmil a las Fallas está unido. A las Fallas y a Gandia. Bendita historia de la Delicada de Gandia.

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