Días de tormenta

La primera vez que David vio su colegio pensó que no quería separarse de su madre, que aquel era un lugar muy grande y muy bonito, pero no como los brazos de mamá. A su alrededor solo escuchaba el llanto de otros niños, que entraba por sus oídos y le daba un pinchazo como cuando tocas las púas de un erizo. David no lloró, él quería ser valiente y apretó fuerte los puños. Se quedó quieto, muy quieto, y las lágrimas se le fueron al corazón en vez de salirle por los ojos. Estaba tan triste que en lo único que pensaba era en ver a su madre y en que ella le cantara la canción que solo ellos dos conocían. Pero mamá no estaba, y él empezó a estar enfadado. Solo veía piernas de adultos que lo rodeaban por un lado y por otro, pero ninguna era a la que solía agarrarse cuando todo iba mal. No lloraría, David no lloraba. Así que corrió. Corrió para huir de aquel lugar ruidoso y lleno de extraños, y corrió para encontrar a su madre.
Paró muy poco tiempo después, cuando vio una gran valla frente a él. Quiso dar la vuelta y seguir corriendo, pero una mujer de pelo rizado le frenó el paso y empezó a gritar como nunca antes había oído. Su cara se movía agitada y lo agarraba con fuerza del brazo. El sonido se elevaba cada vez más:
—¿Dónde te crees que vas? ¡No puedes salir corriendo así! ¡Los niños de ahora no tenéis límites ni normas!
Pero por mucho que aquella mujer gritara, él no entendía nada: ¿dónde estaba su madre?, ¿quién le iba a cantar su canción? David tampoco lloró en aquel momento, pero su corazón empezó a llenarse de más y más lágrimas.
En casa todo era diferente. Allí podía poner todos sus trenes en filas interminables y jugar tranquilo junto con Boni, su oso de peluche. Se llamaba así porque llegó a casa el día de Sant Bonifaci, cuando él aún era un bebé, y le gustaba verlo de fondo, aunque nunca jugaba con él.
—David, ¿has visto a Boni? Puedes jugar con él si quieres —le sugería su madre.
Y él se limitaba a señalar aquel trozo de tela y sonreía casi sin querer.
Mamá y papá estaban preocupados. Les asustaba salir con él a cualquier lugar por si se enfadaba y atraía las miradas de los demás; les agotaba vigilarlo todo el día sin respirar ni un segundo, y les aterraba pensar que David ya tenía edad de hablar por los codos. Procuraban leerle cuentos y hablarle a menudo, como les había recomendado el pediatra, pero el niño parecía no estar interesado en el lenguaje de ningún modo.
Algunos días David iba al casal. Era fallero desde que nació, y había visto fotos en casa de su abuelo en las que iba dentro de un capazo. Pero a él lo que de verdad le gustaba no era vestirse, sino ir al casal. Le gustaba ir allí porque Mateu siempre le daba gusanitos en un vaso de plástico:
—Pide más, más, así con la boquita —repetía Juanjo sin ningún resultado.
—Deja al niño, que lo estás presionando —le decía su mujer en voz baja.
—Qué presión ni qué presión, este niño habla aunque me gaste la paga extra en sacos de gusanitos.
Un día, mientras estaba en el casal comiendo gusanitos, Guillem, el hijo de Juanjo, dijo que había llegado el momento de la traca para festejar el aniversario de la falla, por lo que el padre de David se acercó rápido y lo cogió en brazos para taparle los oídos. Pero David, que no había escuchado nada, no sabía qué pasaba y no entendía por qué papá le quitaba los gusanitos, así que se enfadó tanto que de un manotazo se deshizo de los brazos del padre y salió corriendo a la calle buscando a Mateu. Seguro que él le daba más gusanitos, y su padre no se los podría quitar.
En ese momento, y sin previo aviso para él, un ruido ensordecedor atravesó sus oídos dejándolo dolorido. David cayó al suelo aterrado de miedo. Se tapó las orejas con las manos y se quedó inmóvil, como un cervatillo indefenso. No podía abrir los ojos ni destaparse las orejas, y de repente el ruido paró y notó que alguien lo tocaba. No lloró, porque él nunca lloraba, pero gritó y gritó lo más fuerte que pudo, aunque nada cesó.
Muchas manos de niños y adultos lo tocaban, y David no sabía cómo decir que pararan. Pataleó, gritó y nada funcionó. Entonces decidió que solo había una forma de volver a la paz. Se agarró de las rodillas y, tumbado como estaba, se balanceó en el suelo y cerró los ojos como si los hubiera pegado con pegamento.
Se imaginó que estaba en un barco, en un día de tormenta, con un aire helado golpeándole en la cara y con olas altísimas que lo engullían. Oyó de fondo a su padre gritar a todos que se alejaran, que le dejaran espacio, y poco a poco el viento se volvió brisa y las olas se calmaron hasta mecerlo en una pequeña barca bañada por el sol.
Con el paso del tiempo, David empezó a estar a gusto en el colegio. Su maestra se llamaba Marta y siempre estaba muy atenta a lo que él hacía. Le gustaba el tobogán que había en el patio y los días de pintura, las canciones de la mañana y los vídeos que les ponían los días de fiesta. Le encantaba la biblioteca y el baúl de los disfraces, pero no le gustaba nada cuando Marta se ponía delante de la pizarra y estaba mucho rato hablando. David no sabía lo que decía, pero se aburría mucho esperando. Después cogía el lápiz y rayaba la mesa para decorarla, pero Marta se enfadaba y él lloraba por dentro.
También pasaba mucho tiempo con Júlia, una maestra que tenía una clase pequeña y bonita al fondo del pasillo. Allí todas las cosas tenían su dibujo, y él disfrutaba jugando a mil y un juegos, a veces solo y otras veces con niños que no eran de su clase.
Un jueves por la tarde, justo antes de ir a casa, Marta les dejó tiempo libre para jugar. Algunos niños hacían puzles, otros jugaban con las muñecas y unos pocos hacían carreras con los coches de juguete. A David no le gustaba nada de eso, así que decidió ver las fotos de sus compañeros que estaban junto a la ventana. Marta lo acompañaba y le iba diciendo el nombre de cada uno de ellos con la esperanza de que el niño la imitara, aunque, a pesar de sus esfuerzos, David solo señalaba al niño y le gritaba para que viera su foto. La mayoría de los niños no asociaban que aquel grito iba dirigido hacia ellos; otros se giraban y le sonreían. Pero Claudia, siempre atenta y siempre sonriente, se acercó a ver qué quería.
Marta no pudo saber en qué momento se paró el tiempo, porque seguro que se paró en aquella clase de la primera planta cuando David agarró la cabeza de su amiga y la golpeó contra la mesa de madera. Se hizo el silencio durante unos segundos, y después el ruido, las prisas, los gritos y los llantos. Claudia empezó a llorar, los niños gritaron al ver que de su cabeza salía un hilo de sangre, Marta pedía ayuda y corría. Y David... David no sabía qué hacer. ¿Qué había pasado? ¿Por qué lloraba Claudia? ¿Qué era ese líquido rojo?
Pronto llegaron dos maestras; una se llevó a Claudia y la otra se llevó a David al pasillo:
—¡Eso no se hace! ¡Estamos muy enfadados contigo! ¡Le has hecho mucho daño a Claudia, se ha ido al hospital!
David quería hablar, explicarle que él no había hecho nada, que solo había querido enseñarle la foto de muy cerca, que no se había dado cuenta de que había empleado tanta fuerza, que él no quería hacerle daño a nadie, pero no le salían las palabras. Nunca le salían.
Pasó un rato en el pasillo, sentado en el suelo y sin moverse, hasta que Marta salió a por él:
—Coge la chaqueta, que ya es hora de irnos.
David se alegró mucho de ver a su madre aquel día; ella lo calmaría y haría que se acabara aquella pesadilla. Pero Marta se adelantó y le contó a su madre todo lo que había pasado, punto por punto, y la cara de su madre cambió. Algo en ella se rompió por dentro y, por primera vez en su vida, David vio las lágrimas salir de los ojos de su madre, aquellas infinitas lágrimas que la acompañaban a diario y que con tanto esfuerzo había conseguido ocultarle a su hijo.
—La situación es insostenible —decía Marta—. Hemos convocado una reunión de urgencia y os citaremos para ver cuál sería el mejor futuro para David. Quizás un colegio especializado, o unas horas en un aula especial. Le cuesta encajar aquí.
David daba vueltas sobre sí mismo, pareciendo ajeno a lo que allí se hablaba. Pero ese día también algo se rompió en él.
Siguieron días de cambios. A David no le gustaban los cambios porque no sabía qué era lo que pasaría. Era como vivir en un trampolín, tenía que estar siempre en alerta porque no sabía cuándo podía caer al vacío. El viernes no fue al colegio, se quedó con su abuela en casa y jugó toda la mañana hasta que llegó la hora de comer. Le gustaban esos días de pijama en casa. El lunes, cuando volvió al colegio, Claudia llevaba una tirita estrecha en la cabeza. Él se sentó en otro sitio, desayunó con otra maestra y se dio cuenta de que todos lo miraban constantemente. Pasó mucho tiempo en la clase de Júlia, y gritó hasta quedarse sin voz para dejar claro que quería volver a la clase de Marta. Pero nadie lo entendió.
Poco a poco empezó a llevarse cosas suyas a la clase de Júlia, y llegó a pasar tanto tiempo allí que dudaba si su clase era la de Marta o la de Júlia. Sin embargo, descubrió que no se estaba tan mal. Había un libro con dibujos, y Júlia le dijo que él podía pedir cosas con esos dibujos. Sin embargo, echaba de menos a sus antiguos compañeros, y cuando iba a su clase, la que él pensaba que era la suya de verdad, se esforzaba en decirlo gritando cada vez más y más fuerte. Con la boca, como ellos hacían.
Pero un día de primavera todo su mundo cambió. Habían ido de excursión a un teatro. A David no le gustaban los teatros porque siempre estaba oscuro y había que estar en silencio, pero Júlia estaba a su lado, así que se tranquilizó. Detrás del telón apareció un chico con la cara muy blanca y guantes en las manos. Era un mimo. Aquel chico movía mucho las manos, pero no movía la boca, así que David se quedó muy sorprendido y no dejó de mirarlo ni un segundo. Hacía cosas muy divertidas con las manos: las colocaba rectas, miraba por detrás de ellas y se sorprendía poniendo una boca tan redonda como la rueda de su camión. De vez en cuando enseñaba fotos y dibujos en unos carteles grandes. Todos los niños de su clase reían sin parar, pero a David le brillaban los ojos. Nunca antes había estado tan entusiasmado como ahora. Ahora sabía qué quería ser de mayor. Ahora sabía que no hacía falta hablar para ser un niño valioso.
Supo que quería mover las manos como aquel chico, y enseñar dibujos y fotos a los demás para enseñarles todo lo que tenía dentro. Supo que había otra manera de hablar con las personas, y supo, en aquella mañana de primavera, que él quería ser mimo. Su madre, que leía sus pensamientos como nadie en el mundo, le compró un sombrero negro y unos guantes blancos. En el colegio, Júlia le pintó la cara de blanco y Marta le regaló una camiseta de rayas, y sus amigos de la falla le compraron como regalo de cumpleaños unos tirantes rojos más bonitos que la banda de fallera mayor.
David empezó a mover sus manos poco a poco y descubrió que la gente ya no se enfadaba. Aprendió a enseñarles a los demás un dibujo con lo que quería hacer, y se dio cuenta de que lo entendían. Al poco tiempo consiguió decirles a sus amigos que a él le gustaba jugar al escondite más que ninguna otra cosa, a su madre que no quería comer nunca más queso porque le dolía la tripa, y a Marta que necesitaba ir al baño a mitad de la mañana.
David se había convertido en mimo. Y en un mimo de los buenos, de los que hacen reír y no llorar, de los que no gritan sino que sacan sonrisas a los demás, sobre todo a su madre. Su corazón, que había vivido inundado de lágrimas durante tanto tiempo, empezó a reír cada día. Y David, escondido durante mucho tiempo detrás de unas nubes de tormenta, empezó a ver el sol y nunca más estuvo en silencio.
María Villar i Contreras
Maestra, periodista y madre.