La fallera calva

Lorena era una niña sin un pelo en la cabeza. No es que hubiera nacido así, pero un tratamiento médico que recibía hacía que, cada vez que parecía que le salía un poco, se le cayera de nuevo. A pesar de ello, era una niña muy alegre y risueña.
Un buen día de verano fue con su abuelo y su abuela a ver una actuación, en la subida del castillo, de un circo que había llegado a su ciudad, Sagunt. Por una ventanita situada en la pared norte del teatro romano, una chica lanzaba una larga trenza por la que subían unos niños ataviados con trajes llenos de lentejuelas.
—¡Qué envidia de cabellos! —pensó Lorena—. Si yo tuviera esos cabellos tan fuertes, sería tan feliz…
No os había contado que Lorena era fallera, y aunque llevaba tocados preciosos con sus vestidos de valenciana, no podía evitar contemplar con admiración los moños del resto de las chicas, deseando despertarse una mañana con una buena cabellera.
Pero, esa trenza… ¡Esa trenza que se asomaba por la ventana del teatro no salía de una cabeza! ¡Era la barba de una mujer! Una barba tan larga que reposaba en el suelo unos cuantos metros más allá.
Sus miradas se cruzaron y las dos se quedaron petrificadas durante unos segundos.
—¡Gimena! —empezaron a gritar los niños de los trajes con lentejuelas—. ¡Ayúdanos, que si no colaboras no podemos subir!
Pero Gimena no dejaba de pensar en esa cabeza tan brillante. Cuántas veces había deseado no tener tantísimo pelo en la cara, aunque eso le supusiera renunciar a sus cabellos.
Esa noche, la compañía circense pernoctaba en Sagunt, pues tenía actuaciones los dos días siguientes.
Después de cenar, Gimena decidió dar un paseo por la ciudad. Lo hacía siempre escondiendo la cara para que la gente no se diera cuenta de su barba. Aunque era cierto que le servía para ganarse la vida, la detestaba.
Pero ya quedaba poco. En dos meses habría ganado el dinero que necesitaba para someterse al tratamiento que le dejaría la cara pelada como el culo de un bebé, y dejaría el circo para empezar a trabajar en la granja de su familia.
Y así iba Gimena, absorta en sus pensamientos, cuando volvió a encontrarse con esa mirada.
—¡Hola! —le dijo la niña de la calva brillante—. Te he visto actuar esta tarde y me ha gustado mucho.
—Gracias —contestó Gimena tímidamente, al sentirse descubierta.
—¿Sabes? Me gustaría tener cabellos tan fuertes como los tuyos. A medida que me salen, se me vuelven a caer, y así siempre. Me han dicho que cuando me cure del todo me saldrán, pero que de momento tengo que conformarme.
Gimena se sorprendió con el comentario de esa niña, que no tendría más de siete años, y le preguntó su nombre.
—Me llamo Lorena —respondió la niña.
—Y, Lorena, ¿por qué te gustaría tener tanto pelo? Esta barba es tan incómoda… y además, todos me miran cuando salgo a pasear por la calle. Ya me gustaría no haber nacido así. Pero pronto —suspiró— me desharé de ella.
—¿De verdad?
—Sí. Si quieres, te la puedo regalar cuando me la quiten.
Los ojos de Lorena se abrieron de par en par.
—¿Me regalarías tu barba?
—Te lo prometo. Dime cómo contactar contigo y será tuya.
Lorena fue saltando de contenta a buscar a su abuela, que la miraba desde un banco de la glorieta, para contárselo todo y presentarle a su nueva amiga.
Y así pasaron dos meses. Y un buen día de otoño, el teléfono de casa del abuelo y la abuela sonó, y Lorena, que pasaba mucho tiempo con ellos, lo cogió.
—¡Buenos días! —le habló una voz a través del aparato—. Soy Gimena. ¿Eres la abuela de Lorena?
—¡Gimena! ¡Soy Lorena! —estalló la niña muy contenta.
—¡Hola, Lorena! Estoy muy feliz. Por fin he cumplido mi sueño y tengo un regalo para ti.
Lorena sonrió llena de emoción y gritó:
—¡Abuela! ¡Abuela! ¡Es Gimena!
Gimena se presentó unos días más tarde en Sagunt con un paquete enorme y otro mucho más pequeño.
El pequeño era para Lorena, que no dejó de llorar de ilusión en todo el día mirando los moños que luciría ese año.
El grande no era para ella. Contenía una petición muy especial por parte de su amiga.
Tenía que encontrar tantas personas como cajitas había dentro que, por unos motivos u otros, no tuvieran cabello, para regalárselas y hacerlas tan felices como lo era ella en ese momento.
Lorena aceptó el encargo de buen grado con la ayuda de su familia, pues aún era pequeña. Pero tenía toda la vida por delante…
Teresa Aparicio i Matallín
Profesora y fallera