Volver al blog 8 de marzo de 2020 · Por Manuel Andrés i Zarapico (periodista y fallero)

Fallas, cine y teatro: comunión en la catarsis

Fallas, cine y teatro: comunión en la catarsis

Un espectador entra en una sala de cine, entrega la entrada y, una vez ocupada la butaca, apagadas las luces y engullido el preceptivo puñado de palomitas, empieza a vivir una montaña rusa de sensaciones que pueden ir desde el tedio más absoluto al mayor de los gozos lúdicos. La diversión o el aburrimiento serán jueces supremos de una vista en la que la causa llega en forma de impulsos visuales, de punchlines, set pieces y macguffins, tecnicismos anglosajones que esconden el cartón piedra de los trucos argumentales cinematográficos. Los trucos visuales actualmente ya son otra historia; no son trucos. Llamémoslos magia. Y a la conclusión de todo esto, la persona aplaude.

Otro espectador elige el edificio contiguo, donde la entrada de un majestuoso teatro anuncia, entre bombillas y oropeles, una gran obra representada por actores y actrices de prestigio. Mientras trastea con el programa de mano, previo paso por el guardarropa, los avisos de la liturgia hacen evidente que ni móviles ni parecidos han de ser testigos de lo que allí dentro sucederá. Se alza el telón y empieza la vida. Vida convertida en escena. Vida única de muchos que no son nadie y que lo son todo. La vida hecha sombra como la caverna platónica. La magia, en este caso más palpable y real, llevada a un escenario, a sus bambalinas, a su pinta, a sus patas y corbata, hecha sentimientos a flor de piel y piel de gallina. Y finalmente aplaude.

Una tercera persona se dirige hacia la plaza de al lado. Es marzo y, como manda la tradición, hay fallas en la calle. Esta persona se detiene ante una de esas fallas y, captada su atención por la gracia de una composición expresiva y llena de matices, se adentra en sus escenas, remirando los ninots que las pueblan, actores y actrices que se saben el papel y que lo interpretan a la perfección. Miran el remate y leen el redolí, los carteles, el recadito, la envenenada pulla porque este y aquel se dan por muy aludidos. Y finalmente ríe, piensa, reflexiona, se divierte, aprende. Aplaude.

El cine, el teatro y las fallas son artes hermanas. Y si no llegan a ser hermanas por razón de su naturaleza técnica, lo son por su naturaleza filosófica. Por su mera esencia son artes entrelazadas y fusionadas íntimamente en su diálogo. En su forma de comunicar y transmitir. Y, por supuesto, lo son por causa del auténtico receptor final de su mensaje: el público.

Al final (y al principio) todo va de contar historias. Y si ya ampliamos el espectro de búsqueda de que todo en el mundo del arte trata de contar, contar algo, narrar y conseguir instalar en quien recibe el mensaje una sensación. Un «no sé qué» que le remueva. A partir de aquí todo se diversifica y se convierte en otra historia, otras historias.

La falla, antes que nada y después de todo, es una narración. A partir de aquí, como si de una receta se tratara, iríamos añadiendo ingredientes. Fundamental, como la sal, es la crítica. Y después la sátira, la gracia, el ingenio y el humor, así como otras herramientas con las que realizar una aproximación fallera a temas sociales y políticos.

Como medio narrativo, podríamos relacionar directamente las fallas con el cine y el teatro por ser notarios de su momento, de su «hoy». Son notarios de la sociedad y levantan acta dramatizada de todo lo que nos pasa al común de los mortales: conflictos bélicos, sonados casos de corrupción, costumbres sociales en desuso, vicios, pecados y tradiciones. Todo pasa por la coctelera de la narración cinematográfica, teatral y fallera.

La falla es testigo de lo que pasa y lo deja plasmado en la plaza, de la misma manera que siempre lo hizo el cine y lo continuará haciendo el teatro. De esta manera, en las fallas hemos visto cómo se hablaba de las costumbres del momento, de las guerras, de la corrupción política, de la lucha de clases y de los personajes famosos y sus anécdotas más graciosas. Podrían ser temas, y lo son, de películas y obras de teatro. Y si hacemos el análisis al revés tendríamos el mismo resultado.

La confluencia llega a situar el cine y el teatro como fuentes constantes de inspiración para el artesano fallero, que traslada a sus fallas iconos, motivos y referencias innumerables a escenas, remates y contrarremates. De esta manera, hemos podido ver a Cyrano de Bergerac, Romeo y Julieta o Hamlet ser excusas para poder desarrollar temáticas satíricas sobre la actualidad. También el género del teatro musical encuentra en la falla un escenario donde representarse. Sin ir más lejos, el año pasado veíamos en Convent Jerusalem (Valencia) todo un cartel de obras con Jesucristo Superstar, Cats o Cabaret sirviendo de trasfondo a la política nacional. Y si hablamos de ópera, habría que referir Una nit a l'òpera, falla de José Lafarga para la Plaça del Pilar el 2009.

Si hablamos de cine y fallas, la historia es larga y empieza casi desde el mismo instante en que ambas disciplinas toman las riendas del arte de raíces populares. Por ejemplo, el mítico ninot indultado de Valencia en 1941, obra de Regino Mas para la Falla Plaça de Sant Jaume, que representaba a los célebres Imperio Argentina y Miguel Ligero, tal como aparecían en la cinta Morena Clara (Florián Rey, 1936). Más tarde llegarían otros indultos cinematográficos, como los de Cantinflas y El señor Manolito de José Arnal, indultado en 1946, y ya a finales del siglo XX, el Indiana Jones (1986) y la Loca Academia de Policías (1995), firmados por Miguel Santaeulalia para Na Jordana.

El cine, como todas las disciplinas del arte, ha servido en innumerables ocasiones de hilo de transmisión para la sátira fallera, ya que es habitual ver las referencias cinematográficas más famosas formando parte de remates y de composiciones enteras.

En este artículo simplemente hemos arañado la superficie de la profunda y fructífera relación del cine, el teatro y las fallas, así como subrayado algunas de sus similitudes como artes narrativas, pero querría concluir destacando la cualidad que, a mi entender, hace de las tres disciplinas auténticos prodigios.

Sentado en la butaca te transportas a otros lugares, a otras vidas, y las vives con intensidad, sintiendo y dejándote llevar, sea el cine o el teatro, aunque quizás en este último la experiencia se vive con inusitada fiereza. Esa fiereza la encuentra el amante de la falla cuando se sitúa ante una obra maestra, repleta de fiereza, de expresión, de textura y de capas; capas de narración satírica y crítica que le reportan sensaciones. Hablamos de la catarsis. De sentir lo que se está viendo, de interiorizarlo y de sacar conclusiones vitales. E igual que cuando se ve una película o una obra teatral y se siente ese impulso catártico, también la falla y su azote social, su furiosa, a la vez que satírica, forma de ridiculizar y sacar lo peor, tiene su catarsis en el público. Ha de tenerla. Es necesaria para que la falla sea falla.

Acaba la proyección, y con los títulos de crédito el público va abandonando la sala, recordando lo que ha vivido hace unos instantes, comentándolo con el resto y haciendo su análisis. Todos esperan ver la siguiente.

Acaba la función y, tras los aplausos, las personas abandonan las butacas para que otras personas puedan ocuparlas y el círculo continúe. Que la rueda teatral transmita su legado a más y más personas. Mientras tanto, los espectadores esperan volver a ver la siguiente obra.

Llega la noche de Sant Josep y la traca revienta devorando la falla, aportando el último ingrediente, la catarsis más necesaria y definitiva. Y es que con la llama la falla será falla. Y al ser falla, trascenderá y se convertirá en una nueva falla. La que se podrá disfrutar el año siguiente. El telón baja y salen los créditos únicamente para que el año que viene otra falla sorprenda, entretenga y admire de la misma manera.

Manuel Andrés i Zarapico
Periodista y fallero

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