Las fallas infantiles y escolares. También en el Camp de Morvedre

Las fallas se asimilan a una tradición donde un gran cadafal nace del trabajo colectivo que a lo largo del año se ha encargado de organizar un completo programa de festejos y de actividades. Se entiende también como el resultado de la consolidación de un destacado presupuesto y de una financiación que se ha conseguido mediante la coordinación de cuotas mensuales y otras fuentes de ingresos. Visto desde esa perspectiva, la organización fallera es mucho más que una actividad tradicional espontánea. No queda lugar para la improvisación ni tampoco para el dicho del pensado y hecho. Sin embargo, el mundo de las fallas dejó espacio, desde sus inicios hasta la actualidad, a otra manera de entender la fiesta, en algunos aspectos más original y con unas formas primarias. Se trata de la protagonizada por los niños y niñas que, aunque en muchas ocasiones aparecen como un convidado de piedra que solo se dedica a disfrutar de lo que se le propone, es mucho más de lo que parece, tanto por historia como por su vigencia. Ese hecho hace que a veces sea necesario plantearse el papel de los niños y las niñas desde el pasado y, sobre todo, reivindicarlo.
En primer lugar es importante retroceder en el tiempo para reencontrarse con el ritual fallero más antiguo. Si se hace así, se comprueba cómo aquel primitivo cadafal creado con trastos del vecindario se hizo posible gracias a la participación infantil. La estera vieja para la falla de San José llegaba a las plazas porque los niños recorrían las casas y se dedicaban a recogerla. Junto a esto, quedaba claro que eran también ellos mismos quienes protagonizaban la «plantà» de sus cadafales. A la vez se producía, en paralelo, otra realidad. Los maestros de las escuelas se implicaban en el fenómeno fallero y originaban en los patios escolares fallas llenas de contenido y forma. Esto no es un fenómeno reciente, sino que viene de antiguo y no solo afecta a la ciudad de Valencia. Incluso en determinadas poblaciones, donde no está introducida la tradición fallera, aparecen las primeras falletes. En algunos casos, ese hecho acaba consiguiendo que esta fiesta pase a ocupar con el tiempo una parte del calendario festivo. En otros momentos, queda como una simple iniciativa de un maestro concreto, que tras algunos años se deja de hacer y se olvida, al abandonar este el ejercicio de su profesión.
Las fallas infantiles, más correctamente llamadas fallas de niños y niñas, tienen un origen tan antiguo como complejo de definir. Soler i Godes enumera que en 1849 se quemaron 9 fallas y numerosas hogueras, entre las cuales se encontraban algunas de niños. Ese dato deja constancia de que los niños, de manera todavía más espontánea, improvisaban sus monumentos. De esta manera continuaría la participación infantil, vinculada en muchos casos a la permanencia en la escuela. Así, en 1874 se sabe que en el patio de las Escuelas Pías se planta una. Otro ejemplo es el del año 1893, cuando el niño Joaquim García Estellés construyó una falleta en el patio de su casa de la calle de Nàquera con un llibret escrito por Leopoldo García Garilara. También en 1900, sin permiso municipal, plantaron en la calle de Corredores los niños Carles Salvador, Faust Hernández Casajuana y Pepe Blasco Teruel (sobrino de Vicente Blasco Ibáñez). Pero es a partir del siglo XX cuando realmente se conoce la aparición de las primeras fallas de los niños. También Soler i Godes abre el estudio de esos primeros cadafales. El autor menciona cómo la prensa se hace eco de la improvisada falla que el día de la quema hicieron los niños cerca de la de la plaza de Mariano Benlliure, a modo de parodia de la anterior. Puede considerarse la primera falla infantil del siglo. Sucedieron otras, como la mencionada en un artículo de Luis Villalba para la revista Impresiones de 1909. También continuaron las experiencias escolares, como la del Asilo de la Misericordia de 1911, la de la escuela de los Salesianos de 1920 o las continuas falletes plantadas en las Escuelas Pías. Además, parece que durante toda la década aparecieron las que el diario Las Provincias llama «fallas de portería» en un artículo del 20 de marzo de 1925. Sin embargo, fue a partir de los años 20 cuando las comisiones infantiles recibieron un tratamiento más específico, con el premio a los llibrets infantiles creado en 1926 por Lo Rat Penat. La consolidación de las falletes en la década de los 30 hay que relacionarla con la preocupación de la prensa por dedicar páginas de los periódicos a la infancia. En ese sentido, el nacimiento del suplemento «Los Chicos» en El Mercantil Valenciano en 1929, protagonizado por el personaje «Colilla», supuso un acercamiento de los periódicos a los actos de los más pequeños y, claro está, también a las falletes de los niños. Anteriormente existían antecedentes de suplementos de temática infantil, como «Gente Menuda», creado por Las Provincias en 1926, o «Boby», creado unos años antes por el mismo El Mercantil Valenciano; pero ninguna de estas iniciativas llegó a consolidarse.
La recuperación de la fiesta tras la contienda bélica supuso un cambio radical en su concepción. El mundo festivo y, en general, el social estaba perfectamente controlado por el poder. Todo estaba al alcance del nuevo estado. Por lo tanto, se intentó que también las fallas respondieran a la imagen que pretendía el nuevo régimen. En ese contexto era complicado que resurgieran las comisiones infantiles. A pesar de todo, la aparición de un concurso infantil organizado por Radio Valencia ayudó a la recuperación de la chiquillería. El periodista de la emisora Vicente Ros Belda fue el creador de toda una serie de personajes infantiles que se hicieron populares en las ondas y entre los más pequeños. A ellos se debe la introducción progresiva en el programa fallero de actos infantiles, primero desde la radio y después también al incorporarse a la estructura de la Junta Central Fallera. Aquellas comisiones de los años 40 nacían espontáneamente en los barrios para participar en las convocatorias lanzadas desde la radio. El monumento lo construían ellos mismos, acompañados de algún adulto que se encargaba de las tareas más especializadas. Tenían el nombre de «fallas de portal», ya que por la noche se solían guardar en los portales de la finca. A pesar de la crisis general, puede decirse que los cadafales infantiles se recuperaron pronto en número. La llegada de los años 50 marcó una manera de entender la fiesta más reglamentada. Supuso la década del declive de las comisiones infantiles, al tener que formar parte de las comisiones grandes. La espontaneidad de los niños se perdió. Solo a partir de los años 60 hay una recuperación y, sobre todo, la consolidación de las comisiones infantiles tal como se conocen en la actualidad. Esa evolución, a menor escala, se vivió también en la comarca del Camp de Morvedre, donde en el año 1934 los niños ya plantaron la falla entre las calles de Pacheco y Sant Miquel.
Todo este retroceso hacia el pasado, con la intención de dejar clara la vinculación de los niños y las niñas en el proceso histórico de creación de las fallas, viene a cuento de una realidad festiva que continúa todavía hoy sin valorarse como merece dentro del contexto festivo. Precisamente en estos momentos, cuando las fallas ya son patrimonio de la humanidad, se hace necesario tener en cuenta el esfuerzo infantil como una apuesta cultural que hace que la fiesta sea mucho más que un acontecimiento lúdico, gracias a la dedicación infantil. Además, esa declaración no hay que pensar que afecta exclusivamente a la capital, sino que tiene una proyección comarcal en el Camp de Morvedre, donde también se viven muy de cerca las fallas gracias a la participación de un alumnado escolar que cada año llena de contenido estético y literario los patios de las escuelas.
La realidad fallera, se ha dicho antes, no puede esconder el protagonismo infantil. Han sido un motor diferenciado del resto de la fiesta desde el origen hasta que se reglamentó su existencia como parte de las comisiones adultas. Desde ese momento perdieron su manera de ser y pensar. Fue una auténtica crisis festiva que por ahora no se ha valorado con sus dimensiones reales. Las fallas adoptaron poco a poco las formas de los adultos, pero en espacios más reducidos. No solo desaparecieron como grupo específico, sino como protagonistas de la «plantà» y de todo lo que significaba construir y pensar un cadafal. En esa situación, el único espacio diferente para los niños y las niñas fue la escuela. Un lugar no controlado por la oficialidad fallera que permitía cada año improvisar obras de arte efímeras con un estilo muy personal. La actitud de los maestros, como motivadores de las reivindicaciones escolares y de las suyas propias, crea una sátira improvisada e incluso una crítica diferente.
En la comarca esa participación viene de lejos. Las primeras fallas escolares en Benavites son un ejemplo de introducción de la realidad fallera en poblaciones donde no había ninguna tradición. Más tarde, el nacimiento de las falletes en la Escuela de Begonya del Port de Sagunt, en el año 1969, constituiría otro ejemplo. En algunos casos fueron la chispa para crear fallas más adelante, y en otros no. La realidad es que esa tradición no se ha perdido, hasta el punto de que hay detrás toda una historia y un tejido de fallas escolares consolidadas. Todas ellas tienen un indudable valor porque representan ese pasado infantil que se perdió. No están sometidas a ningún control y por número igualan al conjunto de fallas que se plantan en calles y plazas. El profesorado se implicó hace muchos años en su construcción y motivó al alumnado a la participación. El resultado son unos cadafales con una personalidad propia diferenciada, donde con más fuerza aparece una implicación en temas sociales que acompañan a la sátira. También se tiene presente más intensamente el reciclaje, la utilización de materiales no contaminantes y de recursos como las telas u otros materiales o valores que se están estudiando. En Sagunto, determinadas escuelas lo viven con más intensidad. La falla ha reivindicado las críticas al sistema educativo o las quejas vecinales. Ha ayudado a reivindicar personajes y parte de la historia y de la tradición olvidada. La estética no ha estado sujeta a unos cánones determinados, una razón que le ha permitido llegar a propuestas artísticas atrevidas en algunos casos y cercanas a las tradiciones en otros.
En definitiva, es importante que la tradición de las fallas escolares se tenga presente. Supera a las fallas oficiales en algunos casos y supone un subgénero específico de la fiesta. Además, ese hecho explica que con el tiempo se constituya como una manera propia de entender la fiesta, con un gran valor cultural y patrimonial. En este primer año de fallas Unesco hay que tenerlo en cuenta para respetarlas y potenciarlas. Las instituciones no deberán olvidarlas. Las fallas infantiles escolares en la comarca están vivas y tienen futuro.