Fiestas en el Camp de Morvedre, entre el éxito y el ostracismo

Las fiestas de los pueblos son manifestaciones de la identidad, la historia y la diversidad de sus gentes. Son expresiones de la alegría, la solidaridad y la creatividad de sus habitantes, que mantienen vivas sus tradiciones y costumbres a través de rituales, música, danza, gastronomía, artesanía y otros elementos culturales.
Las fiestas de los pueblos son también una manera de preservar y transmitir el patrimonio etnológico y cultural de las regiones, que refleja la riqueza y variedad de sus paisajes, sus recursos naturales, sus lenguas, sus creencias y sus valores. Estas celebraciones contribuyen a fortalecer el sentido de pertenencia, la cohesión social y el respeto por la diversidad cultural. Son, además, una oportunidad para el desarrollo local, el turismo sostenible y la educación ambiental, generando ingresos, ocupación y bienestar para las poblaciones rurales.
El Camp de Morvedre es una comarca que se caracteriza por su riqueza cultural, histórica y natural. Pero si hay algo que la define es su amplio y variado calendario festivo, que va desde las más religiosas a las más populares, pasando por las más ancestrales y las más modernas. Algunas de estas fiestas han sido declaradas de interés turístico nacional, como la Semana Santa de Sagunto o las Fallas, que también son Patrimonio de la Humanidad. Otras, como la plantà del pino de Quartell, la bajada de Sant Roc de Estivella, o la Virgen de la Leche de Torres Torres, son ejemplos de fiestas singulares y autóctonas que reflejan la peculiaridad de cada pueblo.
Todas estas fiestas y tradiciones tienen un valor cultural, social y económico incalculable, y por eso es importante preservarlas, promocionarlas y declararlas BIC (Bien de Interés Cultural). Pero hace falta ir más allá, porque hay fiestas con muchos años de historia que todavía no han sido protegidas. Y eso por varias razones: porque forman parte del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, tal y como lo define la UNESCO; porque son un factor de cohesión social e integración, espacios de encuentro, participación y celebración de la diversidad; porque son un motor de desarrollo económico y turístico -según un estudio de la Fundació Contemporània, el 63% de los españoles considera la cultura un factor importante a la hora de elegir destino turístico-; y porque son una fuente de creatividad e innovación, expresiones que se renuevan constantemente.
Repasemos cuatro fiestas de la comarca que todavía no tienen ninguna protección pero que definen parte de la esencia de sus pueblos.
Empezamos con una fiesta bastante desconocida: la fiesta de los Turquets de Algar de Palancia (la Baronia), una procesión que se celebra cada año en honor a la Virgen de la Merced, patrona de los cautivos. La fiesta recrea el secuestro y la liberación de los habitantes de Algar por parte de los piratas berberiscos, aliados del imperio otomano-turco, en el siglo XVII. Se remonta a 1648, cuando los piratas asaltaron el pueblo y se llevaron a muchos de sus habitantes como esclavos, entre ellos al alcalde, que logró escapar y volver con la ayuda de la Virgen de la Merced. Desde entonces, cada año los vecinos se visten de turcos y de cristianos y recrean el secuestro y la liberación, con un vestuario, música y recorrido muy particulares. El ayuntamiento de Algar está impulsando un expediente para que la fiesta sea declarada Bien de Interés Cultural.
Acercándonos a la costa mediterránea encontramos Canet d'en Berenguer, con una larga tradición de devoción a la Virgen de las Fiebres, su patrona. Según la leyenda, esta imagen apareció milagrosamente en la playa de Canet el 8 de septiembre de 1623, cuando el pueblo sufría una grave epidemia de fiebres, y los enfermos empezaron a sanar tras ser paseada en procesión. Las fiestas patronales se celebran en torno al 8 de septiembre con actos como la plantà del pal, el toro del pueblo, la muntà de arcos, la ofrenda floral, la procesión solemne, la dansà y el castillo de fuegos artificiales.
Si volvemos un poco hacia el interior, en la Vall de Segó tenemos la Fira de Faura, una de las ferias más antiguas y populares de la Comunitat Valenciana, que se celebra cada año el primer fin de semana de diciembre en honor a Santa Bárbara. Con orígenes medievales -la primera referencia data de 1396, cuando el rey Juan I concedió a la villa el derecho a celebrar una feria anual-, a partir del siglo XIX adquirió una nueva dimensión con la introducción del cultivo de la naranja, que se convirtió en su símbolo, dedicándole un espacio propio, la Fira de la Taronja. Hoy en día sigue siendo una cita ineludible, con alrededor de 200 puestos instalados en las calles Mayor y Santa Bárbara.
Y volviendo hacia el mar, la fiesta de la Virgen del Carmen es una de las celebraciones más populares y emotivas del Port de Sagunt. Honra a la patrona de los marineros cada 16 de julio, y para algunos debería considerarse patrona de la ciudad. La devoción se remonta al siglo XIII y a la Orden de los Carmelitas; en el Port de Sagunt se celebra desde hace más de un siglo, cuando el pueblo era un importante centro pesquero y siderúrgico, y la imagen se venera en la iglesia que lleva su nombre, construida en 1918 por la empresa Altos Hornos del Mediterráneo para atender las necesidades espirituales de los trabajadores y sus familias.
¿Y por qué estas fiestas están en esta situación de desprotección? Uno de los principales obstáculos para la conservación de las fiestas tradicionales es la pasividad de las autoridades locales y autonómicas, que no invierten suficientes recursos ni muestran suficiente interés en su preservación, limitándose muchas veces a subvencionar parcialmente algunas actividades sin impulsar planes integrales de salvaguarda. Tampoco suelen solicitar ni apoyar las declaraciones de Bien de Interés Cultural: según el Ministerio de Cultura y Deporte, solo hay 97 fiestas declaradas BIC en España, un porcentaje muy bajo en comparación con el número total de fiestas que existen en el país.
Otro factor es el abandono de las cofradías y asociaciones que las organizan, que suelen estar formadas por voluntarios y se enfrentan a la falta de financiación, la escasez de miembros, el envejecimiento de los participantes y la dificultad para adaptarse a los cambios sociales, sin contar con el apoyo de las autoridades, los medios de comunicación o las instituciones educativas. Y a todo esto se suma la ignorancia de la sociedad, que no conoce ni valora suficientemente el patrimonio cultural que representan estas fiestas: muchas personas, sobre todo las más jóvenes, desconocen su origen, su significado y su diversidad, y las ven como algo anticuado o irrelevante, mientras que las generaciones mayores se resignan a que se extingan sin transmitir sus conocimientos y experiencias a las nuevas generaciones.
Las fiestas tradicionales son una parte esencial de nuestra identidad y de nuestra memoria colectiva, y también una fuente de alegría y convivencia. No podemos permitir que se pierdan o que se desvirtúen. Debemos actuar ya para preservarlas y para disfrutarlas.