La fuerza de la música

—Dídac, despierta… Te has vuelto a quedar dormido…
La frase que escuchaba en muchas ocasiones, cuando una y otra vez me quedaba dormido, exhausto tras una larga tarde de entrenamiento… Mi madre siempre sabía dónde encontrarme, dónde me escapaba huyendo de la monotonía que suponía estar un día y otro haciendo los mismos ejercicios, los mismos movimientos aburridos… aquellos de los que yo quería huir…
Pertenecíamos a la Gran Familia del Circo Luna Nueva, una compañía itinerante que viajaba por el mundo con todo al completo: escuela, gimnasio, cocinas, talleres de maquillaje… y también de costura, del que mi madre era la maestra; pues si hacía muchas cosas bien, la que mejor se le daba, aparte de escucharme, era coser…
Los trajes y vestidos de mamá llenaban una tarde tras otra de luz y colores las sesiones del circo. Vestía a equilibristas, payasos, contorsionistas... y por supuesto, a mi padre y a mí, ¡los «forzudos» del Gran Circo Luna Nueva!, herederos de una saga de hombres fuertes. Bisabuelo forzudo, abuelo forzudo… mi padre… ¡Todos igual de aburridos!
Y sí, digo aburridos porque yo quería cambiar. Algo dentro de mí decía que no podía estar levantando pesos toda la vida. Tenía una larga lista de cosas que sabía y podía hacer. Esas cosas que nunca nadie antes se había atrevido a cambiar por miedo al «qué dirán», por negación a una realidad que estaba cambiando en nuestro mundo porque las cosas «están bien como están», porque «toda la vida se ha hecho así y tú quién eres para cambiarlo…».
Pero, en ese momento, apareció Ella.
Cada tarde, al acabar mis lecciones de primero de bachillerato en nuestra escuela, iba al gimnasio donde debía entrenar y ayudar a mi padre. Allí seguía definiendo esos músculos que en unos años pasarían de ser los del ayudante del gran forzudo a ser los del Nuevo Gran Forzudo. ¿A que sigue sonando aburrido? Pues quizás empecéis a entenderme…
Una de esas largas y tediosas tardes, mi padre terminó antes de hora. Tenía que ayudar al grupo de salto. Les habían confeccionado un nuevo balancín y debían descargarlo para poder estrenarlo en la nueva sesión de ese fin de semana.
Pero ese gimnasio guardaba dentro de él lo que para mí era un gran tesoro… Además de gimnasio, era una gran aula de ballet y el almacén de todos aquellos instrumentos que pertenecían a nuestra maravillosa banda.
¡Era mi momento! Por fin estaba a solas para subir la música bien alto y dejarme llevar… Salto, giro… me agacho, me vuelco, vuelvo a saltar... ¡La música me hacía volar! Soñar que quizás pronto llegaría el día en que reuniría suficiente valor para enfrentarme a todos y cada uno de los obstáculos que me alejaban de Ella, la música. Sin apenas darme cuenta había aprendido a tocar diferentes instrumentos. Era como si fuera magia. Los ritmos y el solfeo me resultaban realmente fáciles, pues los amaba, pero era consciente de que levantar pesos era lo que todos esperaban de mí.
¿Y si conseguía convencer a mi padre de que lo hiciéramos juntos? ¿Qué había de malo en que yo siguiera siendo su ayudante, pero cambiáramos la forma del espectáculo? Miles de ideas bombardeaban mi cabeza. Tenía que hilarlo todo muy bien, como hacía mi madre con sus vestidos mágicos, para que todo estuviera perfecto para poder lucirlo el día del estreno.
Mamá entró en el momento justo en que yo daba vueltas tocando el violín. Me había descubierto…
—Dídac, es maravilloso, pero…
—Sí. ¿Qué dirá papá, verdad?
—…
—Mamá, lo he pensado mucho. No puedo seguir así. Entiendo que son muchas las ilusiones que tenéis puestas en mí, que todo tiene que seguir igual, que la saga de forzudos ha de continuar… pero yo sé que puedo aportar algo más a esta gran familia, y tú eres la única que puede ayudarme…
—Te escucho…
—Lo tengo todo pensado. El número familiar no tiene por qué romperse. Podemos continuar juntos, pero aportando algo más que simplemente ver cómo los hombres de esta familia levantan pesos… Aparte de ser fuertes, tenemos ritmo, imaginación… ¡tenemos alma!
Imagina…
Sobre una oscura carpa, una única y tenue luz en el centro… Las cortinas se abren y aparece papá con el sonido de un violín de fondo. Se dirige al centro de la pista, donde están sus grandes pesos… Y aquí viene el cambio… pues cada vez que los levante apareceré yo tocando un instrumento diferente, bailando a su alrededor con uno de tus preciosos vestidos, para llenar de magia ese momento que de por sí era aburrido, y a partir de ahora tendremos la oportunidad de convertirlo en uno de los mejores de nuestro Gran Circo.
—Es una locura, hijo…
Esa noche, durante la cena, reuní el valor necesario para decirlo. Necesitaba hablar con mi padre de una vez, o al menos tenía que intentarlo. ¿Su respuesta? La que me esperaba… «Todos los hombres de esta familia… bla, bla, bla… No se puede cambiar una tradición… Qué decepción tan grande para tu abuelo… bla, bla, bla…».
Pero mamá lo convenció de que al menos me dejara intentarlo una vez. Lo ensayaríamos durante todo el mes para estrenarlo en la sesión de comienzos de diciembre. Si no triunfaba, volveríamos a hacer lo de siempre, y esa Navidad haríamos otra vez la «Maravillosa Actuación del Gran Forzudo y su Penoso e Infeliz Ayudante». A veces, mis pensamientos eran tan fuertes que tenía miedo de decirlos en voz alta y que mi padre me escuchara… Mi madre decía siempre que era un cóctel de hormonas en ebullición y que cualquier día explotaría como un volcán en erupción…
Pero no… Porque toda esa fuerza la canalizaba en mis ensayos, mis movimientos y los bailes con el violín, el laúd o la flauta travesera…
Y veía cómo la cara de papá iba cambiando… Sabía que poco a poco le iba gustando más, pero por su carácter tampoco lo quería demostrar. Aunque yo estaba seguro de que era imposible que algo tan bonito no le gustara a la gente… Pura magia.
Y por fin llegó el ansiado día…
Mamá nos ayudó con los trajes. Creo que estaba más nerviosa que yo, por cómo le temblaban las manos cuando abrochaba mis botones dorados del traje que había confeccionado para mí ese día: cómodo para poder desenvolverme bien, brillante para aportar su granito de arena al nuevo espectáculo.
Pie de pista, cortinas cerradas y las luces que se encienden y apagan indicando que todos y todas las personas asistentes debían ir sentándose…
Nunca lo había hecho hasta ese momento, pero abracé a mi padre. Necesitaba que me transmitiera su fuerza, que me reconfortara, y yo quería demostrarle una vez más que estaba allí no solo para cambiar las cosas, sino para cambiar el mundo. Nos miramos a los ojos por unos instantes, y sin decir nada, los dos entendimos cuánto nos queríamos.
Oscuridad… Luz en el centro… Un peso de 100 kilos, otro de 150, el último de 200. Junto a ellos, tres instrumentos que serían la varita mágica para poder levantarlos de una manera diferente, el cambio a un número infinitamente mejor…
Y así fue… Pues con cada movimiento, con cada salto, con cada nota que salía de mí, parecía que le transmitía la fuerza necesaria para ayudarle a levantarlos… Si hubiéramos tenido diez pesos, los diez habría levantado. Estábamos tan a gusto y felices que no nos hubiéramos ido nunca.
Había ocurrido el milagro… ¡La música era pura magia!
Pero no era solo yo quien había cambiado. Los aplausos del público, la ovación que recibimos esa tarde, nos cambió para siempre y entendimos que quien no arriesga no gana, que no todo tiene que ser como siempre porque «todos lo han hecho así», y que el mundo está hecho para los valientes y las valientas.
Y sobre todo, lo más importante, que hay que luchar por aquello que amas, aquello con lo que de verdad te sientes feliz.
Los sueños están para cumplirlos.
Estefanía De Julio
Madre de falleros y fallera.
Con la colaboración especial de su hijo Marc de los Ángeles.