Volver al blog 8 de febrero de 2022 · Por Gustavo Clemente Diego (Periodista y autor de "Ramon Espinosa, artista faller")

La involución de la memoria

La involución de la memoria

Las pruebas determinaron que padecía alzhéimer. Al salir del hospital y bajar a la calle, acompañado de su mujer, caminaba con mascarilla, como si tuviera algún motivo para protegerse del virus, ahora que empezaba a olvidar los sueños que durante toda su vida le habían hecho crear infinidad de maravillas en forma de dibujos y fallas. Ninguna enfermedad debería tener derecho a amargar los últimos años de vida a alguien que se había dedicado a hacer felices a los demás, ni tampoco a su familia, que siempre había sufrido el contraste entre tanta maravilla creada en casa y el escaso reconocimiento social y económico que había acompañado esas obras.

Desde siempre había sabido que la verdadera muerte en vida de un artista era que el espectador supiera qué crearía, resultar previsible ante sus ojos. Así pues, se tomó el avance de la enfermedad como si esta fuera su espectadora más exigente, en una suerte de batalla entre el alzhéimer y su propia imaginación infinita, condicionada por la pérdida de memoria. «¿Te crees que voy a hacer esto? Pues ahora verás», le decía interiormente a la enfermedad durante el trayecto de vuelta a casa, en autobús, en un claro mecanismo de autodefensa. Miraba las calles del Port de Sagunt e imaginaba que le quedarían uno o dos años de conciencia para ver la ciudad en Fallas. Estaba ante una tragedia irreversible, pero trataría de desplegar todo su coraje interior para transformar la situación en una obra de arte. En su última obra de arte.

A pesar de sus intenciones proactivas, con el paso de las semanas empezó a olvidar los bocetos de sus mejores creaciones históricas, publicadas por El Turista Fallero. Ya no reconocía sus grandes obras como propias. Se guiaba por las sensaciones que aquellas fallas le habían dejado en el alma, pero ya no podía identificarlas. Además, su prodigiosa memoria fotográfica, con la que había diseñado infinidad de creaciones propias o generosamente cedidas a otros, empezaba a perder nitidez. Aquellas personas y objetos procedentes de todas las culturas del planeta, que siempre se habían comprimido en su mente, pasaban a vivir en una niebla difícil de rescatar. Era imposible seguir creando como siempre lo había hecho. Eso sí, había un momento semanal en el que podía ver la luz en su vida: coincidía con la visita de dos hermanos con alma de dibujantes, a quienes orientaba mientras aprendían en su taller.

La enfermedad se aceleró, hasta que la parca, implacable, continuó su cosecha, sin entender de almas excepcionales. La noticia mereció dos o tres reseñas en la prensa local y muchas condolencias en las redes, pero ninguna distinción oficial por parte de las autoridades de su pueblo natal ni de su ciudad de adopción. Eso sí, en el alma de esos dos niños siempre quedó el espíritu del artista incomprendido. Pasados los años, los hermanos decidieron hacerse artistas falleros y poner el nombre de su maestro al taller conjunto. Tantas tardes de miradas de complicidad, tantas frases de ánimo, tantos intentos de perfeccionamiento con la mano temblorosa sobre el lapicero habían quedado vivos para siempre como una llama. Aquel loco generoso había muerto, pero su memoria estaba viva. Treinta años después, los dos hermanos reeditaron el diseño de una de las fallas fetiche del maestro. Durante la plantà, una fuerte tormenta estuvo a punto de derribar la falla. Milagrosamente, se salvó, hasta el punto de convertirse en la gran icono de aquel ciclo fallero, inspiración para un merchandising que dio la vuelta al mundo, con el nombre del maestro en la firma. Tal fue la repercusión, que los dos hermanos crearon una fundación para defender a artistas con alzhéimer en todo el mundo.

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