Las pervivencias del patrimonio comarcal y del Port de Sagunt

Nuestra comarca se ha construido a partir del esfuerzo de muchas manos que, en distintos momentos de la historia, decidieron hacer de este lugar su vida. Algunas lo hicieron hace muchos siglos, otras no tanto. Sin embargo, todas son autoras de la destacada y plural memoria colectiva del Camp de Morvedre. Lejos queda la Edad del Bronce, la llegada de los cartagineses o la fructífera estancia romana. Más cerca se encuentra la convivencia de diferentes culturas en torno a Morvedre, las guerras y los enfrentamientos. Desde el primer recuerdo hasta el último, desde el rincón más reducido de Algar hasta el faro de Canet o la vista de las Valls, todo ha sido comarca. Visto desde 2016, lo más importante es que todavía conservamos una parte grande de ese pasado. Significa todo lo que tenemos entre nosotros y recibe el nombre de patrimonio.
Hay muchas causas que podrían señalarse para definir el origen de los espacios de poblamiento en la comarca: el dominio señorial de unas tierras o la ubicación estratégica de muchas de ellas serían algunas. Una en especial confiere al Camp de Morvedre la personalidad específica que mantiene desde la edad contemporánea: la existencia del Port de Sagunt y de todo el espacio patrimonial que se creó con él.
El Port de Sagunt, nacido al calor de principios del siglo XX y a partir del impulso empresarial, puede parecer un artificio poco natural por haber nacido como un proyecto empresarial. Si se repasa la historia, se comprueba cómo el nacimiento de los pueblos siempre tiene algún impulso casual. El sueño de algún noble o el deseo espiritual de alguna orden religiosa son algunos ejemplos. Lo que ocurrió en el Port, pues, no fue más que otro proyecto hecho realidad, pero esta vez no de señores feudales o religiosos sino de dos industriales.
A veces no somos conscientes de lo que significa el Port para la comarca y para la misma ciudadanía que lo habita. Se piensa que son dos mundos diferentes. Sin embargo, participa de esa convergencia patrimonial que relaciona a todo el Camp de Morvedre y en la que se incluyen ejemplos como el castillo de Sagunto, la Semana Santa de la Cofradía de la Sangre, los turquets de Algar, la torre de Benavites o el Castillo de Beselga. El rico patrimonio industrial que lo constituye supone un modelo único y un testimonio de lo que significó como motor de una población. En más de un centenar de años no solo se han construido instalaciones industriales sino todo un entramado de calles, historias, fiestas y fenómenos sociales que son nuestros. Los pueblos se enriquecen con el patrimonio del Port y este también debe hacerlo mirando a la comarca. Aquellos tiempos aislacionistas han pasado casi por completo al olvido. La destacada relación económica y el flujo de población han interrelacionado ambos espacios. Las nuevas generaciones porteñas están integradas en el territorio y tampoco renuncian a todo lo que les aporta económica o socialmente la comarca.
El repaso de los destacados elementos patrimoniales que han sobrevivido en el Port da idea de lo mencionado antes. El Alt Forn es el testimonio más simbólico de lo que supuso la vida de un poblado que se transformó en espacio urbano. Originariamente se construyó en 1926, aunque fue rehecho en 1952 y de una manera más completa en 1963. Su singularidad constructiva, con una altura de casi 25 metros, lo sitúa al nivel de una torre o castillo como los que se encuentran repartidos por la comarca, e incluso recuerda a un faro vigilante de toda la actividad industrial de los alrededores. La historia del Alt Forn, pues, es equiparable a la de cualquier otro elemento de un municipio que haya actuado como referente y a la vez espacio de vigilancia.
Otra seña es la estructura urbana original. Pasó de situarse junto al puerto o la playa a adoptar una forma octogonal, tipología clásica de la funcionalidad de un poblamiento nuevo. Las calles más antiguas tomaron esa disposición y conservaron las sendas o caminos agrarios anteriores como vías de comunicación en torno a las cuales también se extendían diferentes viviendas. En otros pueblos quedan espacios definidos de distinta manera. Algunos lugares lo hacen de forma arbitraria, continuando la estructura árabe, como es el caso de Beselga. Algunos pueblos se expandieron a partir de una plaza pública como referente desde el cual se extendieron las casas, como ocurrió en Gilet. Incluso hay municipios que crecieron principalmente a partir de la vía de comunicación que constituía el camino Real, como Torres Torres. Con todo esto se pone énfasis en que el desarrollo del espacio urbano significa también un elemento patrimonial que explica el concepto de ciudad o pueblo en cada caso. Ni dos pueblos de la comarca han evolucionado de la misma manera, ni tampoco el Port respecto a otros municipios del Camp de Morvedre.
Otro caso donde los elementos patrimoniales que perviven jugaron un papel esencial para entender la evolución de los espacios es el mantenimiento de las casas principales. El destacado palacio señorial de Faura, reformado como el de Torres Torres, o la extensa residencia señorial de Albalat dels Tarongers, suponen el reflejo de cómo se vertebraba el poder e incluso del tipo de organización económica. En ese nivel se encuentra la Gerencia y ciudad jardín que acogió a los ingenieros y al destacado personal de esa industria. Suponía un aislamiento del resto del núcleo urbano donde el eclecticismo mezclado con un casticismo de origen vasco daba la sensación de la ubicación del poder en aquel recinto. El mismo sentido que tenían las residencias de los señores de las familias de Monsoriu, Castellví, Vives de Canyamàs o Vallterra lo tuvo la Gerencia.
También en el terreno religioso, como en muchos otros, se ve la pervivencia del patrimonio. La abundante presencia de iglesias en los pueblos es producto del repoblamiento del siglo XVII, tras la expulsión morisca. Aunque algunos templos son anteriores, sufren una destacada transformación en aquel momento. Desde entonces las formas barrocas y las neoclásicas se mezclaron en su evolución. La riqueza decorativa se instaló en el interior, ya que las fachadas principales solían tener pocos elementos de riqueza y los que aparecen lo hacen posteriormente. En el Port de Sagunt el espacio religioso es del siglo XX y está dedicado a la Virgen de Begoña. El arquitecto vasco Ricardo de la Bastida diseñó un proyecto barroco colonial al que incorporó detalles de la catedral de Bilbao, dedicada también a la misma advocación mariana. La basílica, como el resto de iglesias, supuso todo un referente de espacio público. La restauración ha dignificado un elemento de gran riqueza decorativa, lo mismo que ha ocurrido recientemente en gran parte de los pueblos.
Se podría seguir comparando la pervivencia y riqueza patrimonial de las poblaciones de la comarca y la del Port de Sagunt. Todas servirían para demostrar que hay un rico patrimonio por descubrir que no se ha perdido. También hay que tener en cuenta que todo, con su diferenciada personalidad, forma parte de la comarca y la enriquece.
En definitiva, es momento de valorar el patrimonio que ha pervivido. Además, de hacerlo de una manera conjunta. Hay que dar cabida a los elementos industriales del Port no como una anécdota sino como una parte más del pasado. Hay que poner cariño a la tierra que nos ha tocado vivir desde el patrimonio, sin poner muros que impidan acercarse a la historia de los antepasados.