La sátira mordaz y el camino del humor blanco: una crónica histórica de la crítica en las fallas

Como fallero, estudioso y amante de nuestra fiesta, puedo afirmar sin temor a equivocarme que hablar de fallas es, de manera intrínseca, hablar de crítica y de sátira. El cadafal no es solo una efímera escultura de artesanía, sino una tribuna popular que, año tras año, se alza como un espejo grotesco y burlesco de nuestros vicios, nuestras carencias y nuestros miedos más íntimos. De hecho, podríamos decir que no se puede concebir una falla sin crítica, y cuanto más incisiva y mordaz sea, mejor se ajusta al espíritu fundacional de nuestra querida fiesta.
El origen de esta carga satírica se remonta a los mismos inicios de la fiesta. La sátira, entendida como un género literario y artístico que expresa indignación con un propósito moralizador o burlesco, siempre ha sido el motor que enciende la llama antes que el fuego. La ridiculización, la farsa, la ironía y la inteligencia se convertían en el arma más afilada de las capas populares, ya fueran visibles o anónimas, para cuestionar el orden establecido.
Los inicios de la fiesta y la génesis de una tribuna circular
En sus inicios, los llamados «parots» o primeras fallas, normalmente apoyadas sobre las fachadas de las calles estrechas de la ciudad, eran monumentos que prácticamente solo presentaban dos caras. La crítica, pues, se colocaba de manera complementaria en las paredes adyacentes, donde se podían leer, de forma irónica y burlesca, las alusiones a los personajes o acontecimientos más representativos de cada barrio.
Este modelo, sin embargo, cambió significativamente a mediados del siglo XVIII. Un oficio de la autoridad municipal de Valencia de 1740, considerado la documentación más antigua de la fiesta, prohibía plantar y quemar los monumentos en calles estrechas y junto a las fachadas, principalmente para prevenir incendios. Esta simple medida de la policía urbana, sin pretenderlo, causó una transformación estructural y crítica fundamental en la fiesta.
Al trasladarse al centro de plazas o cruces más amplios, la falla se liberó de la pared y adquirió la necesidad de ser concebida de forma circular, visible desde todos sus costados. La crítica y el mensaje, por tanto, ya no podían concentrarse en un plafón, sino que debían colocarse e integrarse en todas sus caras, permitiendo nuevas formas narrativas y constructivas. El contenido de la falla, así, dejaba de estar inscrito solamente en una escena realzada por el tablado, para estar latente en todo el conjunto escultórico.
El siglo XIX, época dorada de la sátira
El siglo XIX se convierte, sin ninguna duda, en la época dorada de la crítica fallera, un período en que el sarcasmo alcanzó sus cotas más altas, tratando no solo temas de barrio sino también las grandes cuestiones sociales del momento. Las fallas eran la voz de las clases populares excluidas del sistema político y económico.
El estudio de la temática de estos años, como bien documenta el profesor Antonio Ariño en su obra fundamental, La ciudad ritual. La fiesta de las Fallas, revela la preeminencia de ciertos temas. Si observamos los datos que recoge Ariño sobre las fallas plantadas entre 1851 y 1900, vemos cómo la crítica política experimentó un crecimiento espectacular, pasando del 13,9 % (1851-1870) al 47,4 % (1871-1900) del total, especialmente cuando las tensiones sociales reaccionaron a la prohibición de la fiesta. La crítica moral, incluyendo la famosa falla erótica o «bròfega», también estuvo muy presente. Esta última, que hablaba de seducción, relaciones sexuales, adulterio y conflictos matrimoniales, marcó profundamente el carácter de los contenidos morales de la época.
Por otro lado, Enric Soler i Godes, en su exhaustivo análisis Las Fallas: notas para su historia (1849-1936), subraya cómo la sátira política fue un polvorín constante. Fallas que trataban guerras coloniales, candidaturas monárquicas o la escasa seriedad de los políticos eran habituales. No era extraño, pues, que la policía interviniera. Se documenta que la falla plantada en 1871 en la calle Corretgeria, con un payaso encima de un barril, fue desmontada por la policía, posiblemente por alusiones políticas.
La reacción del poder establecido ante esta violencia simbólica fue contundente. El Ayuntamiento de Valencia, en 1866, intentó ahogar la fiesta con un gravamen prácticamente inasumible de 60 pesetas, con el objetivo de evitar la celebración de una fiesta que había adquirido un espíritu tan crítico con las autoridades. Esta anulación de la fiesta provocó, paradójicamente, una proliferación de fallas de crítica política y social a partir de 1871, como forma de protesta por parte de las clases populares.
Además de la represión institucional, la crítica directa a menudo acababa en violencia vecinal. La historia de las fallas está llena de trifulcas, enfrentamientos y monumentos rotos. Desde el enredo familiar representado en la calle Sant Narcís en 1854, hasta la decapitación de los ninots de la plaza Pellicers en 1895, que criticaba los fracasos militares en el norte de África, o las hermanas que rompieron ninots que creían que las representaban en la plaza de Sant Bartomeu en 1893, la agresividad de la sátira popular era palpable.
La burguesía y la transición a la falla artística
A finales del siglo XIX, la estrategia del poder cambió: en lugar de prohibir, se optó por cooptar, implicando a la burguesía en la fiesta. Este hecho, unido a la concesión de los primeros premios a las mejores fallas a partir de 1887 (iniciativa de la revista La Traca y consolidada después por Lo Rat Penat y el Ayuntamiento), fue el punto de inflexión que promovió una «decantación esteticista» y el nacimiento de la falla artística.
La competición estimuló el fervor, pero desplazó el foco de la sátira hacia la excelencia formal, constructiva y estética. La falla debía ser ahora «fastuosa, imponente, majestuosa y sugestiva». Esta transformación fue de la mano de la profesionalización: las fallas ya no las construían solo los vecinos, sino que los artistas falleros empezaron a predominar en su creación.
Como señala Antonio Ariño, la forma ganó importancia frente al tema, y el arte frente a la sátira. La crítica no desapareció del todo, pero quedó a menudo latente, integrada en el conjunto escultórico y requiriendo una atención más detallada para ser descifrada.
A pesar del viraje estético, persistía la crítica a la política y la religión, y se incrementaba la crítica social de carácter local (referida a servicios urbanos y reformas). Pero las novedades más relevantes fueron el ascenso de la falla apologética, especialmente la de corte valencianista, y la temática picante u obscena. Este período también vio crecer la censura, dirigida fundamentalmente a cuatro tipos de temas que molestaban al poder: la crítica vecinal, la crítica a las autoridades políticas, la crítica anticlerical y el lenguaje obsceno.
La era de la represión y la dictadura franquista
Con la caída de la Segunda República y la llegada del franquismo, la sátira y la crítica sufrieron una represión brutal y sistemática. El régimen instrumentalizó la fiesta para promover una imagen de ortodoxia fallera, utilizando la Junta Central Fallera (JCF) como herramienta de censura y control ideológico.
La censura franquista, establecida oficialmente desde 1944, obligaba a las comisiones a presentar bocetos y textos del llibret para su revisión previa. Su objetivo era eliminar cualquier alusión política, social o moral que pudiera cuestionar la autoridad, el régimen o la Iglesia. La represión fue tan efectiva que la cifra de fallas y textos censurados llegó al 93,7 % en 1957. En la práctica, la censura consiguió que la falla se convirtiera en un monumento casi totalmente apolítico y que se refugiara en temas locales, costumbristas o la exaltación folclórica.
No obstante, incluso bajo el yugo de la dictadura, la llama de la sátira se resistía a apagarse del todo. Hay anécdotas como la del artista Regino Mas en la plaza del Mercat en 1947, que insinuó estraperlo de alimentos criticando al presidente de la Feria de Muestras, lo que le costó dos bofetadas en público. Esta valentía demuestra que, a pesar del riesgo de ser procesados, la crítica fallera seguía siendo un acto de resistencia.
A partir de los años sesenta, a pesar de la persistencia de la censura política y moral, aumentó notablemente la crítica cultural, especialmente la dirigida a la modernidad.
La Transición y el dilema de la crítica en la actualidad
Con el fin de la dictadura y la llegada de la democracia, las fallas recuperaron, al menos temporalmente, su capacidad de radicalización, especialmente durante los años 80, cuando reaparecieron temas de alta crítica política, sexual y anticlerical.
No obstante, en la última parte del siglo XX y principios del XXI, el debate sobre la sátira y el humor se ha vuelto más complejo. La historia nos enseña que a los poderes públicos nunca les ha gustado la sátira y han hecho lo posible por minimizarla.
Actualmente, varios factores han reducido la carga satírica: la primacía del premio artístico, ya que los sistemas de premios, como ya pasó a finales del siglo XIX, siguen fomentando la calidad artística sobre la sátira, diluyendo la crítica en «humor blanco» o «crítica dulce» (la falla de Sección Especial, en muchos casos, tiende a la monumentalidad y la alegoría esteticista, disminuyendo el fondo satírico); la judicialización y la «nueva censura», pues a pesar de la libertad democrática, los conflictos han cambiado de naturaleza y ahora la censura no viene solo del poder político, sino del miedo a la reacción social, a los conflictos judiciales o a las denuncias por ofensa —se han vivido casos sonados que demuestran esta tensión, como la polémica por una representación del ayatolá Jomeini en 1989, el ninot de la «Virgen» que fue indultado en 2010, o los conflictos con la escena del ninot de la «media luna» en 2021 en Duc de Gaeta, que ofendió a la comunidad musulmana—; y la aproximación a temas banalizados, ya que muchas fallas han optado por temas de crítica más ligera, como la televisión, los famosos o la prensa rosa, evitando los temas estructurales de fondo.
Tras recorrer los siglos de la historia fallera, desde el modesto parot apoyado en la pared hasta la complejidad monumental de hoy, la conclusión que se impone no es trivial, sino una llamada a la reflexión profunda: la sátira no es un adorno de la fiesta, sino su esencia, su corazón rebelde y su alma popular. La falla nace de un espíritu crítico y, si le arrancamos la capacidad de herir, de incomodar y de cuestionar, la reducimos a una mera expresión folclórica, a una escenografía sin mensaje, un castillo de fuegos sin pólvora.
Hemos visto cómo los poderes, a lo largo de la historia, han utilizado la represión, la tasa y, finalmente, el mecenazgo y el premio artístico para domesticar esta llama. Al priorizar la estética sobre el mensaje, no se hizo la falla más bella, sino que se la hizo más segura, más cómoda para quienes mandan y menos peligrosa para el orden social establecido. El riesgo es convertir la crítica audaz en un simple humor blanco, en una burla inofensiva y consensuada que satisface a todo el mundo porque, en realidad, no le dice nada a nadie.
La verdadera profundidad de una falla reside en su valentía para ser efímera y, a la vez, eternamente subversiva.
El acto de quemar no es solo una purificación ritual del año transcurrido, sino la culminación de una denuncia que, para ser quemada, primero ha tenido que ser expuesta con dignidad. Si la falla ya no incomoda a nadie antes de la Cremà, si no hay ni un solo tema que provoque un debate acalorado en el casal o en la calle, entonces nuestra fiesta habrá perdido su valor fundacional.
La responsabilidad actual del fallero y del artista no es simplemente hacer un monumento bonito, sino garantizar que siga siendo una tribuna libre, un espacio democrático donde la crítica no sea solo tolerada, sino activamente buscada y celebrada. Debemos resistir la tentación de la autocensura que nace del miedo a la polémica, el miedo a la denuncia o el miedo a perder puntos en el concurso. La sátira nos hace libres y nos hace inteligentes.
Debemos recuperar el espíritu de la falla popular del siglo XIX, con su carga mordaz y su corazón indomable, pero con la inteligencia y la artesanía del siglo XXI. La crítica debe ser tan punzante como la aguja del artista y tan ruidosa como el masclet de la pirotecnia. No podemos permitir que los tiempos modernos, con su corrección política excesiva y su sensibilidad frágil, nos roben el arma más poderosa que tenemos como pueblo: nuestro inigualable sentido del humor crítico. Solo así, manteniendo viva la llama de la lucha satírica, la fiesta seguirá siendo el espejo incisivamente reflexivo y auténtico de la sociedad valenciana.
Fuentes principales: Gabriel Collado, «De la crítica satírica al humor blanco» (artículo del llibret de la falla El Romano); Antonio Ariño, La ciudad ritual. La fiesta de las Fallas, Anthropos, Barcelona, 1992; Enric Soler i Godes, Las Fallas: notas para su historia (1849-1936), Albatros, Valencia, 2000.