La ancha sonrisa de la madre

Cuando solo tenía 4 añitos y ya parloteaba como una cotorra, mi madre y mi padre no paraban de reír, disfrutaban como «enanos» siguiendo todas mis cabriolas, escuchaban atentos mis palabras, a veces mal articuladas, otras desatinadas y graciosas, y tantas expresiones casi incomprensibles que mi madre me ayudaba a rehacerlas enseñándome cómo se decían correctamente… y así pasábamos muchos ratos entretenidos, tardes enteras donde el calor de mis padres encendía mi corazoncito de niño feliz, de niño que se sentía querido y que disfrutaba de lo lindo acompañado de la familia. Mis padres y mis abuelos y mis tíos siempre me decían lo mismo: «Pere, que no paras nunca quieto, pareces un cohete... ¡y tienes unas ocurrencias!».
Fui cumpliendo añitos y cada día, con más fuerza, me salía, de una manera tan natural, esa conocida e incontrolada alegría y ese llamativo deseo de vestirme como una niña. Me encantaba mirarme al espejo, coger ropa de mi madre, los zapatos de tacón, me maquillaba con los pintalabios de su mesita de noche y soñaba con ser una gran estrella del cine y del teatro... me veía como una gran artista. Cumplí los 10 años y recuerdo aquel día como si fuera ayer. Tenía ganas de hacerme mayor, de triunfar en la vida, de viajar, de casarme con un hombre templado y bueno, y tener muchos hijos... qué ganas tenía de cumplir los diez años y después los once, y así hasta llegar a los dieciocho. Me miraba en el iPad algunas series de mayores donde los protagonistas eran chicos o chicas que no estaban conformes con su género, y le preguntaba a mi madre si era normal que yo, siendo un niño de diez añitos, tuviera un fuerte deseo de ser una niña y, siempre, acompañado de unas ganas de vivir indescriptibles. Mi madre me contestaba: «Cariño, claro que es normal, lo que siempre es normal es sentirse bien uno consigo mismo, hacer lo que te sale del corazón, sentirte bien contigo y tener ganas de ser feliz. El “cómo” es siempre secundario: si te sientes una niña, has de vivir como una niña, y mamá y papá te ayudaremos a que puedas cumplir tus deseos, a que puedas cumplir tus sueños... solo queremos que no seas nunca una personita infeliz o incompleta».
Cuando pasaron unos cuantos años y llegué al instituto, ya nadie me llamaba por mi nombre, Pere; todo el mundo me decía por mi nombre, Mireia, por el nombre que aparecía en mi DNI. Ahora Mireia, o sea yo, estaba creciendo como una persona que se aceptaba como era y como quería llegar a ser. Tuve que superar muchos problemas con mi físico de chico; lo peor para mí eran los pelos que me salían en la barba, en las piernas y en el pecho... pero mi madre siempre estaba pendiente de buscar soluciones a esos «problemitas», e íbamos juntas a la depilación láser, me enseñaba habilidades de maquillaje, me orientaba con los mejores productos de salud y belleza, y así, poco a poco, mi madre y yo fuimos creando unos vínculos y una confianza que se convertirían para mí en la gran fortaleza sobre la que aprendí a construir mi personalidad de adulta. A mi padre le costó un poco más la aceptación de esta etapa de mi vida, pero finalmente la fue aceptando, y ahora forma parte plena de mi vida de mujer adulta que va cumpliendo años y haciéndose mayor.
Hoy que cumplo cuarenta y nueve años me acuerdo con una intensidad inusitada de cuando cumplí los diez años, y me parece que fue ayer. Entonces, cuando me llamaba Pere, solo quería cumplir años. Hoy que me llamo Mireia, no querría que fuera nunca más mi cumpleaños. Recuerdo, como si fuera ayer, las ganas de vivir que teníamos mi madre y yo, nuestros juegos en compañía, cuando nos vestíamos y nos maquillábamos juntas frente al espejo del armario. Cómo añoro su amable compañía, sus olores de madre... la mejor madre del mundo, la misma que, hoy, cuando el invierno ya se acerca a su final, ha tenido que decir un adiós definitivo después de tres años de lucha serena contra un cáncer, esa tenebrosa enfermedad que ha acabado para siempre con su ancha y, para mí, definitiva sonrisa de mujer digna y libre. Hoy, día de mi cumpleaños, digo adiós a mi madre, y conmigo también le dicen adiós mis dos hijitos, mis queridos Pere y Olivia; mi marido nos acompaña... mañana volveré a coger el avión para continuar la gira de teatro clásico, y me llevaré conmigo esa ancha sonrisa de mi madre y sus ganas de vivir que siempre me acompañan.
Josep Lluis Peris i Gómez
Director del IES Ravatxol, Valencia