La sostenibilidad turística de las Fallas: pronóstico con rachas

La fiesta de las Fallas atraviesa un mar de dudas donde algunos puertos constan con claridad en la carta de navegación, pero otros están borrosos, difuminados o cubiertos de espesa niebla. Hablamos de la sostenibilidad de la fiesta, y varios aspectos se presentan ante nosotros como necesarios, sin duda, porque la fiesta o será sostenible o no será. No queda otra.
La sostenibilidad ambiental, económica y empresarial deben ser mascarones de proa de una navegación complicada, intensa, con vaivenes y tempestades, no hay duda, pero cuyo resultado debería servir de modelo festivo para esta generación y la siguiente. Y la siguiente.
Dentro de esta diversidad de matices que deben mirar hacia la sostenibilidad festiva, el turismo debe marcarse en fluorescente por el profundo impacto que provoca en el tejido fallero -evidentemente- el mes de marzo.
Como contexto, analizando los datos publicados en 2019, último año de Fallas prepandémico, la ciudad de Valencia registraba un incremento del 41% en el turismo de los días de Fallas, llegando la media a cerca de un millón de personas. El 89% fue turismo nacional, y el porcentaje restante se repartía entre Italia, Alemania, el Reino Unido, Francia, Holanda, Estados Unidos, Suecia, Austria, Bélgica y Polonia.
Cifras frías, asfalto caliente, y no precisamente por la cremà de las Fallas. El hecho festivo valenciano atrae como un imán al, ya de por sí receptivo, turista que elige Valencia como destino. Es, además, mucho más miel de la que suponen la playa, el centro histórico, la ciudad monumental, su oferta cultural o la arquitectura de vanguardia. Hablamos de una fiesta gozosa, efervescente, de rico folclore tradicional, colorida y singular, que además es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Todo sopla a nuestro favor. Con rachas, pero a favor.
Digo esto del viento a rachas porque, seamos sinceros, la bonanza turística respecto a las Fallas va por rachas. La primera, que la fiesta no tiene la consideración que debería tener a nivel turístico, porque se conoce su peso, pero no se le da al colectivo fallero la importancia motriz que tiene respecto a ese prodigio que se ofrece a los turistas.
La segunda, que la hostelería -y ahí está la hemeroteca para hacernos patente el drama- no otorga carta de valor a la fiesta como para respaldarla y promoverla. Se nutre de lo que genera, pero rehúsa decirle un «te quiero».
Y tercero, que el turismo que recibe la ciudad con motivo de las Fallas muchas veces -que se me entienda la expresión- embarra la propia fiesta hasta límites insospechados. Porque de turismo y de turistas hay muchos.
Las Fallas son un atractivo innegable. Cualquier fiesta popular de cierta entidad supone sin duda un reclamo turístico perfecto a la hora de sumar dentro de la oferta cultural y de ocio. Un lugar con encanto, con sol, alegría y una fiesta vibrante suma muchos enteros para ser elegido destino de una visita, de una estancia larga o incluso de unas vacaciones. Pero claro, las Fallas no son una fiesta más; son un catalizador de la vida misma de una ciudad que muta, que se transforma en otra cosa, porque Valencia se convierte en otra cuando las fallas llegan a sus calles. Y eso vende. Y eso atrae. Y eso hay que ponerlo en valor.
Creo que es indispensable, para hablar de una sostenibilidad turística de la fiesta fallera, en primer lugar, dar al César lo que es del César. Porque son las falleras y falleros, con sus cuotas y su trabajo abnegado, quienes sacan la fiesta a la calle. ¿Tópico? Sí, claro, todo eso y más. ¿Real? Como la vida misma. Después hay que sumar, por supuesto, la ayuda recibida desde las instituciones para hacerla factible, así como la viabilidad de llevarla a cabo; una vía trabada con la absurda burocracia que choca con los falleros haciendo de la gestión una misión imposible. Pero esa es otra historia.
La posibilidad misma de la fiesta nace de las comisiones, y eso hay que subrayarlo con reconocimiento e impulso. Corresponde a las entidades turísticas nacionales, autonómicas y locales ofrecer todo tipo de apoyo a las fallas de toda la Comunitat Valenciana.
En esta línea, la falla debería ser el centro de la promoción turística. Es lo que exportamos, la imagen más visible junto a la del movimiento social fallero, la indumentaria y la pirotecnia. Así que debe ser el baluarte de toda promoción, a mi entender; por tanto, hay que cuidarlo, mimarlo, promoverlo y ayudarlo. Me refiero al arte fallero, la indumentaria, la pirotecnia. Todos los elementos que figuran en el expediente como «Patrimonio» y que las instituciones solo recuerdan como se recuerda a Santa Bárbara cuando truena.
Segundo problema: el desdén. A quien se le diga que la hostelería mira con desdén a las fallas no se lo cree. Pues sí, y es una actitud de distanciamiento que, personalmente, no entiendo. O la imagen que tengo de la hostelería en Fallas es un espejismo, o nos están tomando el pelo. Claro, aportan datos, encuestas y estadísticas, y por lo visto el festejo casi les sale a pagar. Yo no lo veo así.
Cartas sobre la mesa. Sinceridad meridiana y a los ojos. La hostelería y las Fallas deben ir -como tantas otras cosas- de la mano sí o sí. Es obligado, porque aquí ganamos todos. El potencial es inmenso, pero hay que ser sinceros. La fiesta no surge espontáneamente como las setas. La plantan falleros y falleras que invierten dinero, y eso hace que el dinero circule y vuelva. Se llenan las terrazas de los bares, la gente sale a la calle, toma cañas, va a los hoteles. Son Fallas. Yo creo que uno más uno da dos. Quien no lo ve, seguramente, es porque no quiere verlo.
Y van tres. Aquí es donde de verdad duele, porque hay que plantearse una pregunta incómoda: ¿qué clase de turismo queremos para nuestra fiesta? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar en nombre de un gran turismo?
La masificación es el pan nuestro de cada día en las jornadas falleras. Plazas atestadas de gente, pasos infranqueables en las ofrendas, caminos lentos, espesos y complicados para visitar las fallas más comerciales y famosas. A medida que nos alejamos del centro la cosa se va vaciando, pero las escenas vistas y vividas hacen necesaria una profunda reflexión sobre el tipo de turismo que queremos en Fallas. Y, por encima de todo, preguntarnos qué busca el turista cuando nos visita. ¿Busca ver fallas? ¿La pirotecnia? ¿Disfrutar de la indumentaria que lucen falleras y falleros? ¿Dejarse sorprender por las manifestaciones folclóricas? ¿Qué quieren? ¿Qué les han prometido? ¿A qué vienen?
Por las noches se encuentra otro tipo de turismo, más joven, que aplica aquello de «donde fueres, haz lo que vieres», se decanta por el botellón nocturno de calle, la verbena y el jaleo. Uniéndose al «turismo fallero» de la juventud -y no tan joven- autóctona, se llega a unos límites de masificación realmente alarmantes. Yo mismo fui testigo de una «noche de Fallas», la del 16 de marzo, que me dejó preocupado y, soy sincero, aterrado.
Este es el lugar al que quería llegar en nuestra travesía. La sostenibilidad turística de la fiesta fallera pasa por el asentamiento de su identidad propia, de su verdadera naturaleza y objetivo. Una identidad alegre, patrimonial, artística y mediterránea que debe ser la dinamo que mueva el turismo. Un turismo que encuentre en las Fallas algo único donde disfrutar del ocio y de la cultura. La oferta la tenemos. Ahora nos falta creer en ella.
Las Fallas son únicas, y no son otra fiesta más. No tienen nada que ver con muchas otras celebraciones festivas de carácter popular. La personalidad única requiere un tratamiento único del hecho turístico fallero. Pero es necesaria la introspección y la reflexión del colectivo para afrontar el difícil camino de una sostenibilidad posible. Todo empieza por el discurso, por el relato. Debemos creernos nosotros mismos, antes que nadie, lo que somos, para que quienes vienen de fuera nos vean como somos en realidad. Y se fascinen. Y se enamoren. Y entiendan lo único y maravilloso que es lo que están viendo. Lo que disfrutarán. Se llaman Fallas. Pasen y vean.