Volver al blog 2 de marzo de 2022 · Por Josep Antoni Fluixà (escritor)

Un regalo fantástico

Un regalo fantástico

Recuerdo que llovía mucho, como a veces llueve en nuestra tierra, como si hubieran abierto las compuertas del cielo y dejaran caer toda el agua de las nubes. La tarde se había hecho oscura y, junto al fuego, mi abuela empezó a contarme una historia. Era la historia de un niño que se llamaba Josep, como yo. Una coincidencia en la que, al principio, no reparé. El caso es que aquel niño era hijo único, como yo, y pasaba la mayor parte del día en casa de su abuela, como hacía yo también. Su madre pasaba el día en casa de su madre, la abuela del niño, y cosía pantalones para ganar el dinero necesario para la economía familiar. Su padre trabajaba de carrocero, haciendo cajas de carga para camiones en un taller.

—Abuela —le dije entonces—, los padres del niño del cuento tienen los mismos oficios que los míos.

—Claro que sí —me contestó—, eso es normal, ¿o te crees que los padres de los niños de los cuentos no trabajan?

—Sí, pero...

—Y tienen oficios normales —me cortó—, como los que pueden tener tus padres o los padres de tus amigos. Si los del cuento que te estoy contando —siempre que me dejes hacerlo y no me interrumpas tanto— tienen el mismo oficio que los tuyos, es una simple coincidencia.

Aquella palabra me hizo callar y también me hizo sentir orgulloso. Descubrir que mis padres tenían oficios de cuento era fantástico. No tenía por qué envidiar a los compañeros que tenían padres bomberos o leñadores, ni tampoco a aquellos niños que tenían padres brujos o magos, o madres brujas u hadas. Las madres costureras y los padres carroceros también aparecen en los cuentos.

Pero eso lo pensé en poco menos de medio minuto, porque mi abuela ya seguía con la historia de Josep. Un niño que, al salir de la escuela, pasaba la mayor parte del día en casa de su abuela. Mientras su madre cosía y su abuela trajinaba por la casa, Josep hacía los deberes y se aburría mucho. A mí me pasaba lo mismo.

Solo lo pasaba bien cuando salía a la calle y se encontraba con su amigo Ramón. Otra coincidencia, porque yo también tenía un amigo que se llamaba Ramón. Por suerte, en aquella época no había muchos coches y los niños podían jugar libremente por las aceras y cruzar la calle sin miedo a ser atropellados por algún vehículo. No como ahora, con las calles llenas de coches aparcados.

Pero cuando anochecía, Josep se iba con su padre y su madre al piso donde vivían, como hacía yo también todos los días. Y en el piso, Josep se sentía muy solo. Sobre todo los fines de semana, cuando su madre no cosía y se quedaban todo el día en el piso. Yo también pasaba los sábados y domingos solo en mi piso.

En aquel barrio alejado de la casa de su abuela, Josep no tenía amigos. Yo tampoco tenía.

—¿Por qué no te entretienes jugando? —le preguntaba su madre—. ¡Tienes muchos juegos!

Y Josep, según me contaba mi abuela, callaba y miraba sus juegos, pero todos los juegos que tenía necesitaban, al menos, otra persona para jugar. Según me contaba mi abuela, a Josep le habían regalado una caja de juegos reunidos con una ruleta de la suerte, un parchís, una oca, el juego de la escalera y hasta más de cincuenta juegos de mesa. Pero Josep tenía razón. Eran juegos para compartir.

Su madre tenía mucho trabajo haciendo las tareas de limpieza del piso que no podía hacer entre semana, y su padre solo descansaba el domingo y no podía jugar con él. Era otra época y los hombres no tenían por costumbre hacer las tareas de casa.

El caso es que, según me contaba mi abuela, a Josep siempre le regalaban muchas cosas: unas raquetas de ping-pong, un balón de fútbol, unas cartas de Peter Pan, un Monopoly y muchas cosas más. Pero Josep no tenía con quién jugar. Por tanto, eran juegos que no le servían para entretenerse. Solo los utilizaba cuando se los llevaba a casa de la abuela y los compartía con su amigo Ramón.

Yo, en ese punto de la narración, ya me sentía totalmente identificado con el personaje.

—Hasta que un día —continuó mi abuela con la historia de Josep—, que hacía un sol de primavera, alegre como unas pascuas y no triste como el de hoy, los visitó un primo lejano de su padre que vivía en Sevilla. A este familiar le llamaban Braulio y era músico en la banda de la Guardia Civil de la capital andaluza.

En aquel momento yo pensé que también tenía un tío que se llamaba Braulio, pero no me atreví a interrumpir a mi abuela.

—¿Y sabes qué le regaló a Josep?

Se me había escapado algo del relato de mi abuela, pero no importaba, porque en ese momento ya sabía la respuesta.

—¡Un libro!

No pude aguantarme más y le dije a mi abuela que a mí también me había pasado como al protagonista de la historia que ella me contaba: que me aburría mucho estando solo y que mi tío Braulio también me había regalado un libro.

—¡Qué casualidad! —exclamó la abuela—. Eso sí que es una coincidencia importante. ¿Sabes qué pasó después?

—No.

—¡Ahora sí que te he pillado! ¿Cómo que no sabes qué pasó después?

—No —insistí.

—Entonces te lo contaré yo. A los pocos días, un sábado de esos en que no sabía qué hacer, Josep cogió el libro y se puso a leer las historias que había escritas. Eran cuentos del escritor Hans Christian Andersen. Se lo pasó tan bien que el tiempo se le pasó sin darse cuenta, y su madre lo llamó para cenar.

—¿Ya, tan pronto? —preguntó—. Espera un poco, que quiero saber cómo acaba el emperador al que han engañado con un falso traje transparente que lo hace pasear desnudo por la calle...

—Déjate de historias y ven a cenar —le ordenó su madre—. ¡Que tu padre ya está en la mesa!

—Y desde aquel día —siguió contando mi abuela—, Josep se aficionó a leer libros, porque aquel había sido un regalo fantástico: el mejor regalo para jugar solo. Un regalo que le cambió la vida a Josep. No solo leyó más libros de pequeño, sino que también, al hacerse mayor, siguió leyendo. De joven, por ejemplo, leyó muchos libros de Jules Verne, un escritor francés que escribía novelas de aventuras con artefactos que en su época no existían, pero que, con el paso del tiempo, se hicieron realidad, como el submarino.

Cuando mi abuela terminó la historia de Josep, ya había dejado de llover y mi padre había vuelto del trabajo. Mi madre me cogió de la mano y nos fuimos hacia el piso. Nada más llegar, antes de irme a la cama, busqué el libro que me había regalado mi tío Braulio —el de verdad, no el del cuento—. Lo había guardado en algún sitio sin hacerle mucho caso, por eso, cuando vi el título, me quedé sorprendido: Cuentos de Andersen. No pude evitarlo. Aquella misma noche, ya acostado y con la luz de la lamparita encendida, me puse a leer.

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