Volver al blog 1 de marzo de 2025 · Por Antonio Verdugo (Faller)

De 'rally' todo el día en la visita de cortesía

De 'rally' todo el día en la visita de cortesía

Todo empieza en la plaza de los coches, cuando se reúne la comisión de la Falla Luis Cendoya para iniciar el famoso «rally» de la visita de pleitesía. Los falleros desfilan hacia el autobús, preparados para un recorrido que los llevará por las fallas grandes y pequeñas de la Federació Junta Fallera de Sagunt. Los niños, llenos de ilusión al principio, empiezan a ver que las horas se harán largas y que la diversión, quizá, tendrá que esperar.

Arriba en el autobús pasan horas,
de pueblo en pueblo dando vueltas,
los niños están sin fuerzas,
quieren hacer otras cosas.

Los pequeños tienen que ir de falla en falla, sin parar, y el cansancio empieza a notarse. Las niñas, con ganas de correr y jugar, también se enfrentan a otro problema: la falta de baños. Algunas acaban escondiéndose detrás de un árbol, deseando que el recorrido llegue a su fin.

Los hace caminar por fallas,
sin parar ni descansar,
y con las piernas ya bien cansadas,
quieren el juego y escapar.

Las niñas van sufriendo,
sin sitio para hacer pipí,
detrás de un árbol escondiéndose,
¡y el paseo no tiene fin!

Pero cuando suena la charanga, el ambiente se transforma. Los niños cantan y bailan dentro del autobús, llevando la fiesta a cada rincón, sea en Faura, el Port, Gilet o Sagunto. Nuestra fallera mayor infantil, Marina, y el presidente infantil, Álvaro, sueñan con dejar el protocolo y empezar un partido de fútbol. A pesar de ir vestidos de falleros, no pueden esconder su pasión por el balón.

Cuando suena la charanga, bailan,
cantan todos dentro del autobús,
con ritmos que estallan y bailan,
hacen fiesta, tanto en Faura como en Sagunto.

Marina, la fallera mayor,
con Álvaro, el presidente,
quieren dejar el protocolo,
y marcar un gol bien contundente.

El balón es su delirio,
chutan, ríen, sin parar,
hasta vestidos de falleros,
al fútbol quieren jugar.

A mitad de camino el grupo empieza a tener hambre y, como siempre, alguien de la falla trae rosquilletas para los niños, que las comen con ganas. Cuando tienen sed, las madres les ofrecen agua con una sonrisa cómplice, porque saben que si fueran los padres, el agua se cambiaría por cazalla.

Cuando el hambre ya se hace notar,
rosquilletas y dulces sin pena,
algún fallero se las va a dar
y todos contentos, con la tripa llena.

Si los niños tienen sed,
las madres traen agua.
Mejor que sean ellas,
que los padres les darían cazalla.

Entre los adultos, el presidente de la Federación, Hugo, que desde pequeño ya quería cambiar la visita de pleitesía. Ahora, como presidente, se plantea darle la vuelta a la tradición y buscar un formato más divertido y ligero para todos.

Hugo, que siempre lo quería cambiar,
de pequeño pensaba en novedad,
ahora presidente lo puede voltear,
la pleitesía, a su gusto dejar.

La moneda hará
que esto cambie,
Hugo le dará la vuelta
y esto ya no será un «rally».

Los abuelos de la falla también son protagonistas de esta historia, convertidos en «gánsteres entrañables». Amado, que siempre encuentra una solución; Salva, «el Sordo», que nunca se entera de nada pero se lo pasa como nadie; Allueva, volando con su moto y la capa; Pepe, que huye del futbolín, y Ángel, que canta a viva voz. Juanvi, el eterno joven, se une a la fiesta sin parar de bailar, y Toni, preocupado por la compra del casal, no deja de protestar.

Los abuelos de la falla
son unos gánsteres entrañables,
cada uno con lo suyo,
gracia o manías notables.

Amado es el jefe del clan,
con él todo queda arreglado,
si hay problemas o un mal plan,
él los deja a todos callados.

Salva, «el Sordo», poco se entera,
preguntando a todos qué pasa,
y al final a mí me parece
que es quien mejor se lo pasa.

Allueva va siempre volando
con la moto y la capa,
y entre nubes se va elevando,
como un héroe en nuestra falla.

Y Pepe, en el futbolín, ni un segundo,
no quiere bolas ni marcadores,
que ruido arma el hombre,
y por las llaves es el salvador.

Ángel canta con gran pasión,
la voz le resuena con arte,
y a la fiesta le pone emoción,
pero no para de gritar fuerte.

Y Juanvi, un viejo de repente,
parece que la edad le ha llegado,
pero con el corazón adolescente,
siempre en los bailes lo encontraréis plantado.

Toni no para de fumar.
El hombre está nervioso
por la compra del casal
y en las reuniones protesta de todo.

Y así sigue el día, con la ruta de la tapa, las mascletás improvisadas con cohetes, y la compra de una casa al lado del casal, que rápidamente se convierte en «el hotel» para los niños agotados.

Cuando el rally llega a la falla,
empieza la fiesta de casa,
los mayores sentados en el casal,
los pequeños jugando en la plaza.

Los del balón
no paran de chutar,
la puerta de Samper
van a reventar.

Peor si van con los cohetes.
Paquito da el material,
venga a meter paquetes
para hacer la mascletà.

Un fallero una casa ha comprado
justo al lado del casal
y los niños ya han avisado:
¡será hotel para descansar!

Pero la fiesta no acaba aquí, porque los jóvenes también hacen las suyas, cambiando la charanga y los disfraces, y organizando una ruta de tapas que acaba en un espectáculo que los mayores disfrutan con algún problemilla.

Los jóvenes han llegado,
revolución bien plantada,
una charanga han encontrado
que a los abuelos no les gusta.

Los disfraces, plumas y pintura,
y dinero que va volando,
los mayores ponen mala cara,
¡que el presupuesto va subiendo!

Ahora ruta de la tapa,
con tapas, tiques y alguna bebida,
y si se alarga la traca,
alguien se caerá, ¡qué espectáculo!

Entre risas y recuerdos, el abuelo presidente observa cómo la falla ha cambiado. Recuerda las trastadas de otros tiempos, cuando él mismo era un niño que jugaba a pelota y hacía de las suyas.

El abuelo ya ni se acuerda
de cuando era el rey de los truenos,
hacía trastadas a todas horas,
¡y ahora se queja de los ruidos!

La mujer del artista tampoco se imaginaba que él haría la falla. Cuando la comisión lo elegía, él estaba durmiendo, llegando tarde a la reunión pero convirtiéndose en el héroe inesperado.

Su mujer ni se lo imaginaba,
que él haría esta falla,
cuando la comisión lo aprobaba,
¡él dormía la siesta!

La comisión decía sí,
la mujer decía no,
y al final será, por fin,
de las pequeñas, la mejor.

Así, entre nostalgia, risas y el toque mágico de la pólvora, la visita de pleitesía llega a su fin, dejando recuerdos que se convertirán en historias para contar durante muchos años.

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